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Pablo de Rokha PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
viernes, 05 de octubre de 2007

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BIOGRAFIA

Pablo de Rokha
1894 - 1968
Premio Nacional de Literatura 1965

Antología del amigo de piedra

Pablo de Rokha nació con el nombre de Carlos Díaz Loyola el 17 de octubre de 1894 en Licantén, provincia de Curicó, Chile. Sus padres fueron José Ignacio Díaz y Laura Loyola. La familia provenía de antiguos latifundistas que a raíz de la política librecambista implantada en el país después de 1850, se empobrecieron. El desarrollo hacia afuera dejaba de basarse en la agricultura, para ser reemplazado por la riqueza del salitre y del cobre, que requerían enormes masas de obreros, desplazados del campo a la ciudad. Por el año 1897, D. José Ignacio Díaz se encontraba trabajando como jefe de resguardo en las aduanas cordilleranas, por lo cual tuvo que viajar constantemente por los pasos de las montañas. Carlos era su hijo mayor y lo acompañaba en esos viajes donde conoció una variedad de personas que hizo personajes de sus poemas: arrieros, cuatreros, asaltantes y campesinos. En 1906 ingresó al Seminario Conciliar de San Pelayo de Talca, donde permaneció hasta 1911, cursando el quinto año de Humanidades. En este colegio, que el muchacho atendía con intermitentes viajes al sur, se gestó una de las contradicciones fundamentales de su vida: entre la formación religiosa y la lectura de libros prohibidos (Voltaire y Rabelais). En esta etapa también leyó los clásicos latinos y griegos y surgió el apelativo que se convertiría en su nombre literario: de Rokha. Sus compañeros en el seminario lo apodaban "El amigo Piedra", sobrenombre que le venía tanto por su carácter como por el origen de su lugar de nacimiento, Licantén, que significa en lengua mapuche "tierra de hombres de piedra".

En 1911 viajó a Santiago donde inició una nueva fase de su vida. Obtuvo su bachillerato en Humanidades y se matriculó en la Universidad de Chile para seguir derecho o ingeniería, pero muy pronto abandonó sus estudios. Conoció a Jorge Hübner Bezanilla, Pedro Sienna, Daniel de la Vega, Ángel Cruchaga Santa María, Juan Guzmán Cruchaga y Vicente Huidobro y, al igual que otros escritores, comenzó a trabajar como periodista en los diarios La Razón y La Mañana. Publicó sus primeros poemas en la revista “Juventud” de la Federación de Estudiantes y se vistió con el estilo de la bohemia santiaguina. Descubrió la poesía de Walt Whitman y la filosofía de Federico Nietzsche, al mismo tiempo que escribía unos poemas blasfemos y antirreligiosos que le valieron el ataque de la crítica del momento.

El primer libro de Pablo de Rokha se publicó bajo el nombre de Versos de infancia en una antología de la revista “Selva Lírica”, libro que muestra la huella del Romanticismo y de la filosofía de Arturo Schopenhauer y Federico Nietzsche. También influyeron en los temas de este texto, las ideas anarquistas que predominaban en Chile con la emigración al país de intelectuales obreros europeos. Estos elementos se reflejaron en su exorbitante individualismo acentuado por el "machismo" y los ideales heroicos recogidos en su adolescencia, en el campo de la zona central del país. Su actitud herética conformó una posición irreverente y rebelde hacia lo religioso, lo cual se manifiestó en una angustia dolorida y desencantada que lo hacía dudar de todo.

Desde el punto de vista verbal, emergió una ruptura con el Naturalismo que se traslucía en el uso de lo grotesco, marcado por la hipérbole y la antítesis, dando origen a un tipo de coloquialismo antipoético En la esfera de lo temático se produjo una afirmación del imperativo nacionalista de la época, por medio de algunas formas retóricas que se van a desarrollar mas explícitamente en el libro Los gemidos, de 1922.

En 1920, Pablo de Rokha volvió a Santiago y dirigió la revista “Numen”, publicando luego en Claridad su libro Folletín del Diablo, que reune poemas escritos entre 1916 y 1922. Eran los años en que el poeta adhirió al movimiento anarquista internacional y en que se ganaba la vida con la compra y venta de productos agrícolas, en una compañía de la cual era gerente y que pronto quedó en la ruina.

En 1922 publicó su primer libro de estructura mayor, Los gemidos, del cual no se vendieron más de una docena de ejemplares. Paralelo a Desolación (1922) de Mistral y a Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) de Neruda, el libro fue recibido con indiferencia por la crítica y el público. La mayoría de los críticos nacionales descalificaron el libro.

Con Los gemidos se inició la poesía de ruptura. Este libro, publicado en el momento de mayor vigencia de los movimientos vanguardistas europeos, especialmente el Futurismo, encontró afinidades en Chile solamente con la poesía de Huidobro. Constituye un extenso canto en prosa poética, cuya temática y composición expresa la crisis nacional y la fragmentación del proceso social. El Yo poético integró elementos de la economía, la política la religión, la sexualidad, la vida cotidiana, la represión sexual y asumió todas las contradicciones del vivir actual como parte de una condición degradada del ser humano. Así es como lo urbano se opone a lo rural, el héroe se opone a la masa, la naturaleza se opone a la técnica, el individuo se opone a lo social y la vida se opone a la muerte. Cada uno de estos elementos se desarrolló de una manera multifacética y discontinua, a partir de estados de ánimo o de enumeraciones caóticas que hacen difícil su sistematización. La fragmentación de Los Gemidos tiene además una intención estética. Aparece como la estructuración de un universo poético en formación, pero nunca constituyéndose totalmente, y donde las diversas partes mantienen relaciones entre ellas sin terminar de solidificarse en un sistema estático De ahí la composición de mosaico temático, la falta de un hilo conductor más allá del Yo Poético, el cual determina todas las contradicciones y estructura las unidades semánticas particulares. De este modo, el hablante adquiere un ritmo respiratorio cuyos tonos y variaciones se alteran en la medida que la emoción se descarga o se retrotrae sobre sí misma. Cada parte puede ser autónoma, pero formando una visión de mundo que se refiere a la totalidad de la experiencia humana. El hablante poético se manifiesta como un Yo visionario que canta y poetiza el mundo y se pone en contacto con los poderes cósmicos que mueven el universo, revelando el sentido de la realidad. El Canto sirve de intermediario con el mundo y se identifica con el Dolor, dando al mismo tiempo al poeta el poder de la creación y de imitador de Dios. Son los "gemidos” los que salvan al poeta de la extinción porque ellos le permiten cumplir roles heroicos: el del conquistador, el del revolucionario, el del superhombre y el del héroe. A través del canto, el poeta trascendió el peso negativo de su vida individual y se continuó en el amor de su Musa (su esposa Winétt) y en la unión con la Naturaleza a quién el poeta imita. Las formas negativas de la vida son la tecnología, la explotación capitalista, la alienación de la sociedad industrial y las instituciones sociales. Los Gemidos es un libro que rompió con la tradición Naturalista y Modernista por medio de la búsqueda de una "escritura" que se identificara lo más posible con las contradicciones sociales e históricas de Chile y América latina. Es también el primer texto antipoético de la literatura chilena.

Los libros siguientes acentuaron sus búsquedas para lograr una expresión poética que diera cuenta de la realidad latinoamericana en todas sus facetas. El estilo narrativo se convirtió en versículo libre y continuó con las técnicas de composición surrealista. La situación socio-política del país no había cambiado y una serie de golpes de estado generaron una permanente crisis institucional Muchos intelectuales tomaron una decisiva actitud de compromiso en la esfera política, entre ellos Huidobro, que fue un activo defensor de la democracia y llegó a ser candidato presidencial con el apoyo de la Federación de Estudiantes. La asfixia social del país se reflejaba en una literatura angustiada, que buscaba formas experimentales y rechazaba la tradición.

Entre 1922 y 1927, Pablo de Rokha escribió cinco libros, cuatro de ellos de poesía y uno de ensayo estético. En todos permanece la visión del Yo angustiado intensificada por la soledad y la pena, que fluctúa entre la aspiración tradicional de carácter romántico-metafísico y un deseo de insertarse en la vida concreta y los sufrimientos cotidianos.

Entre 1922 y 1924, el poeta residió en San Felipe y luego se trasladó a Concepción en donde fundó la revista “Dínamo”. En ella publicó parte de su libro Cosmogonía en 1925, del cual también se publicaron poemas en la revista “Agonal”. En este libro aparecen algunos poemas escritos en endecasílabos y otros en la forma del soneto alejandrino, primando un tono romántico y una temática vinculada a la infancia del poeta. Posteriormente, en 1926, se publicó el libro U en ZigZag, en el cual continuó el tema de la tecnología en su carácter negativo reiterándose la búsqueda de una expresión que dé cuenta del universo humano en su totalidad. El negativo mundo de lo urbano y lo mecánico se contrapesa con la visión de la Amada, a la que identifica con el mundo campesino y el hogar en donde la naturaleza es la fuerza primordial.

En el año 1927, apareció su primer libro de ensayos sobre el arte y la estética titulado Heroísmo sin Alegría, publicando además Suramérica y Satanás, libros centrados en las vivencias pasadas y la nostalgia. Satanás toma uno de los temas fundamentales de Los Gemidos, el que representa la lucha entre Dios y Satán, el Dios incomprensible y el Anti-Dios que está caído como el hombre, un tema que deriva de Nietzsche. Una vez más, el Yo poético reestructura el mundo caótico y da significado a las cosas, en un texto donde se mantiene el flujo de asociaciones libres y las imágenes antitéticas. Esta última técnica adquiere su máximo logro en Suramérica, un libro construido como una pura cinta verbal sin puntuación ni separación de párrafos. El texto, enteramente manuscrito por Winétt en planchas de linóleo, representa un experimento único en la literatura chilena, al aparecer como un grupo de imágenes estructuradas por el Yo, el cual se disuelve en la composición sintagmática Suramérica, como el continente americano, y es un puro deseo de liberación que se transforma a sí mismo desde una voluntad creativa, espontánea y marginal hacia los significados que el texto engendra. Con este libro, el poeta tocó su propio origen, en orden a organizar una vez más el mundo desde el caos. Esta era su respuesta poética a la crisis de conciencia histórica de la realidad americana. El otro libro de ese momento, Heroísmo sin Alegría, es un intento estético con diversas temáticas, que se basan en las ideas de Sigmund Freud y Federico Nietzsche. Enfatiza el concepto del artista como un superhombre de raza dionisíaca que posee una fuerza cosmológica capaz de comprender y recrear el universo. De esta manera, el creador imita a Dios y a la Naturaleza en su tarea de ordenar la vida por intermedio del lenguaje.
Hacia 1929, Chile sufrió la peor bancarrota de su historia con la crisis económica del mundo occidental y la súbita caída de los precios del salitre y el cobre. Pablo de Rokha como otros poetas nacionales de avanzada (Huidobro, Neruda, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle entre ellos), continuó fundamentalmente preocupado de la "originalidad de la escritura" y el descubrimiento de nuevas formas de decir. Los dos libros publicados en ese año, Escritura de Raimundo Contreras y Ecuación forman una continuidad con los anteriores. En ambos, sin embargo, existe el intento de sintetizar los temas y poner limites al flujo expresivo. Junto a ello, apareció por primera vez una concepción de lo nacional-popular, término acuñado por Antonio Gramsci como expresión de las manifestaciones ideológicas y políticas que identifican a los intelectuales con el pueblo o nación. En Escritura de Raimundo Contreras se tematiza la vida de un campesino de la zona central de Chile que, paralelamente, llega a ser una especie de símbolo suprafísico de los valores nacionales. Este personaje que nos recuerda al propio de Rokha es un arquetipo de lo exuberante y lo dionisíaco que el poeta veía en el campesino chileno. El lenguaje se conforma sobre la polarización entre lo coloquial concreto y lo surreal-universal, describe experiencias amorosas, gastronómicas, nostálgicas filiales y alcohólicas, al mismo tiempo que promueve las relaciones panteístas del personaje con un entorno lleno de resonancias metafísicas. Raimundo Contreras es una reinterpretación del mito y la realidad del campesino chileno y, en este carácter, el poeta propuso una visión de lo nacional que es un punto de partida y de búsqueda para un nuevo compromiso. En este mismo sentido, el libro Ecuación intentó codificar en unas pocas frases la idea del poema como una expresión del orden universal. De Rokha necesitó hacer del poema un receptáculo de las contradicciones existentes entre conciencia y realidad, y esta búsqueda dialéctica es la que se intentó sintetizar en el personaje Raimundo con un heroísmo que aspira a los valores de un mundo suprarreal. Por su intermedio expresó una respuesta parcial a las contradicciones que el escritor encontraba en la realidad nacional y latinoamericana de la época.

Con este texto finalizó la primera etapa del trabajo poético de Pablo de Rokha, en la cual el poeta desarrolló su propio sistema de escritura basado en un lenguaje de imágenes desbordantes, donde predominó la espontaneidad del flujo de conciencia. El tema dominante de estos poemas es el mundo chileno y latinoamericano formalizado en narraciones con personajes y acciones, pero poetizado en imágenes y metáforas.

La etapa 1930-1950 del trabajo poético de Pablo de Rokha comenzó en un momento de cambios irreversibles para la humanidad: regímenes autoritarios en Europa marcados por el fascismo, la guerra civil española y el inicio de la segunda guerra mundial. Estos episodios afectaron profundamente a los intelectuales latinoamericanos que se lanzaron a buscar respuestas a su propia crisis. Entre las naciones latinoamericanas que trataban de sobrepasar su estado de subdesarrollo congénito estaban Argentina, Brasil, Chile, México y Puerto Rico. En Chile, la crisis culminó en el año 1932 con una república socialista que duró solamente doce días, pero contribuyó a formar la base del Partido Socialista y sirvió como afianzamiento del movimiento popular. Las clases medias y el proletariado ganaron espacio social hasta el punto de constituir un poder alternativo hacia el final de los años 30, cuando fue elegido Presidente de la República el candidato del Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda.

Pablo de Rokha no permaneció al margen de la actividad social ya que fue el primer poeta que adoptó una actitud militante en 1932 a través de sus artículos en el periódico La Opinión, los que continuó escribiendo hasta 1938. Adhirió al Frente Popular, a la República Española y al Partido Comunista de Chile. Existía una afinidad entre los artículos de periódico, impregnados de protesta social y su poesía militante que quería ser un "canto de trinchera" en un intento de reconciliar las raíces idealistas de su pensamiento estético y las nuevas ideas aportadas por el marxismo. Sin embargo, el impulso artístico de origen nietzscheano continuó siendo primordial en su estética, en la cual seguía la búsqueda de una unidad entre las percepciones oníricas e inconscientes y el uso de la inteligencia racional y lógica. Durante aquellos años, la enemistad de Pablo de Rokha con Pablo Neruda se profundizó y encontró cauce en artículos tales como “Epitafio a Neruda” (1933), "Esquema del plagiario" (1934), entre otros. El centro del ataque de De Rokha a Neruda se basó en la acusación de plagio y en la falta de compromiso político de este último. También atacó a Vicente Huidobro, Joaquín Edwards Bello, Eduardo Anguita, Pedro Prado y a otros escritores. Obsesionado por un concepto de compromiso social ilimitado, extendió sus críticas tanto a los políticos de derecha como a los de izquierda, entre estos últimos, Marmaduke Grove y Pedro Aguirre Cerda. Esta actitud de poseedor de la verdad absoluta en el terreno moral, fue el foco dominante de su trabajo creativo.

En 1930 inició una nueva etapa de escritura poética que se caracterizó, en una extraña simbiosis, por su contenido social y bíblico. En 1932 apareció el texto El canto de hoy y luego Canto de Trinchera (1933). En esos años el poeta ingresó al Partido Comunista, donde militó hasta que lo marginaron, en 1940. Por esa época, cierto reconocimiento oficial a su labor poética y cultural, le permitió viajar y trabajar en la Escuela de Bellas Artes como instructor. Su poesía se volcó en la defensa de la democracia, el socialismo, el antifascismo y la coyuntura social del momento. En 1937 publicó “Imprecación a la bestia fascista”, poema dedicado a los republicanos de España, de temple tan rabioso como el de sus artículos y, en 1938, el texto Cinco cantos rojos mostró otro intento de identificación entre trabajo poético y político.

Además de los libros de poesía directamente militantes, Pablo de Rokha dedicó largos poemas a figuras bíblicas: Jesucristo (1933) y Moisés (1937). En estos poemas buscó un equilibrio entre la épica heroica y el compromiso social. Este hibridismo que mezcla lo lírico y lo épico, así como lo subjetivo, con la descripción de figuras literarias, provocó una tensión entre los sentimientos expresados por el Yo poético y el universalismo simbólico de estos personajes paradigmáticos. En Jesucristo exaltó la figura de Cristo como conductor del pueblo judío, mezclando lo histórico con lo legendario. En él se unen el Mesías, el revolucionario y el poeta y es, cronológicamente, el primer canto político del autor desde el punto de vista del significado. Es un poema en prosa que sigue muy de cerca el texto bíblico, intensificando el uso de personajes como alegorías significativas. Sin embargo, en de Rokha, la figura de Cristo también desarrolla una mundanidad (Cristo corno bebedor, atleta, mujeriego, vagabundo) que lo distancia de su fuente literaria. Esta confluencia de lo físico y lo metafísico, de lo individual-histórico y lo universal-mítico, es un rasgo dominante en la poesía rokhiana. En Moisés continuó este mismo estilo y temática, aunque está estructurado en largos versículos a la manera de la fuente bíblica: Exodo, Levítico y Deuteronomio. El poema narra la odisea de Moisés y del pueblo hebreo desde el episodio de la zarza ardiente hasta la muerte del personaje en Jericó. La atmósfera -entre realista y fantástica- está marcada por una "escritura" simbólica en la que predominan los verbos y los sustantivos. El poeta usó imágenes visionarias, comparaciones inusitadas, metáforas, hipérboles y reiteraciones de gerundios y participios para mostrar la relación de los seres humanos con la misión suprahistórica del héroe y la intervención de lo sagrado, encarnada en Dios. Moisés no es solamente un fanático religioso iluminado, sino también el conductor del pueblo que lucha contra la injusticia y la corrupción. Estos libros-poemas rechazan la tendencia realista militante que impera en otros libros y reaviva la permanente contradicción de la obra rokhiana.

En este período, de Rokha escribió también algunos poemas políticos de menor importancia como “Los 13”, un texto inconcluso que consiste en tres retratos de líderes políticos (Lenin, Trotski y Marx); “Oda a la memoria de Gorki”, poema en versículos de carácter apostrófico y “Romancero proletario”, escrito en décimas y ligado a las formas populares. En 1936, su esposa Winétt de Rokha publicó su primer libro de poemas, Cantoral, el que la ubicó como una de las poetas más importantes del país. Un año antes, Pablo de Rokha había publicado otro texto estético con el título de Estimativa y método en Antología de poesía chilena nueva preparada por Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim. En este texto, insiste en la diferencia entre lo que denominó verdad científica y verdad estética, donde –en ésta última- el arte continúa siendo una aspiración hacia lo infinito y lo universal. Los principios idealistas de Pablo de Rokha, ligados a la psicología freudiana y a los estudios jungianos sobre el inconsciente colectivo se mezclaron con una embriónica intención social. Un ejemplo de esta búsqueda de confluencia se expresa en su libro de poemas Gran temperatura (1937), centrado en los temas de la soledad, el tiempo, la muerte y la liberación revolucionaria. Un "leit motiv" fundamental es el tópico de Ubi sunt a través del cual el Yo poético expresa su deseo de eternizar el amor y la vida. A la luz de la finitud y limitación de su historia personal, el poeta opone la voluntad humana como entidad social que tiene como valores fundamentales el sentir, el pensar y el luchar. La esperanza en una sociedad sin clases como utopía revolucionaria se enfatiza por sobre la alienación de la experiencia individual.

En 1939 inició la publicación de “Multitud”, revista cultural de temas ecuménicos aparecida en un clima de gran actividad política corroborada por el triunfo, en las elecciones, del Frente Popular. Con esta revista, el poeta dio a conocer sus ideas políticas y estéticas participando al mismo tiempo como militante en las arenas nacionales e internacionales. La revista es un elemento más que concurrió a la visión rokhiana de unificar las formas de la vida diaria, social e intelectual en una totalidad significativa. En “Multitud”, coexisten textos sobre urbanismo, poemas, crítica literaria, ensayos políticos, avisos comerciales, y sesiones del Senado. Tenía una estructura general en la cual el fenómeno singular se disolvía en lo total, haciendo coexistir autores tan disímiles como Rimbaud, Lenin, Gorki o Lautréamont.

Entre 1938 y 1942, de Rokha trabajó intensamente en actividades políticas, se publicaron algunos trabajos estéticos nuevos que más tarde formarán parte del libro Arenga sobre el arte (1949). En ellos, el poeta introdujo los conceptos de arte popular y arte proletario como parte de una forma heroica y épica de escribir, lo que era propio de una nueva clase de tragedia: la tragedia social. Este nuevo tipo de escritura, que se basó en el desarrollo intuitivo de las imágenes –el lenguaje pánico– transformó al poeta en un político profesional. Como una manera de verificar artísticamente estas ideas, de Rokha publicó Morfología del espanto (1942), un libro que aspiraba a ser una obra que pudiera dar cuenta del pasado, presente y futuro del ser humano. Fue el intento de buscar una salida histórica al horror y al pesimismo de la guerra, cantando al heroísmo de las masas y la lucha del individuo por salvarse de un mundo que agonizaba. Su Yo poético se transformó en un catalizador de las fuerzas en conflicto, intentando sobrepasar la angustia del presente por medio de un sueño delirante que se proyectaba hacia la redención y la felicidad humana. Sin embargo, al final, la conciencia individual no puede oponerse al ciclo inevitable de la naturaleza que culmina en la muerte. Por esta misma razón Morfología es otro de sus proyectos que conforma, por un lado, una cosmología poética totalizadora, siendo, al mismo tiempo, una visión del mundo cruzada por contradicciones irresolubles: la de lo sensible y lo inteligible, la de lo carnal y lo espiritual, la de naturaleza e historia, la de vida y muerte. El núcleo de la contradicción fundamental, continúan siendo las aspiraciones del Yo individual para sobrepasar las situaciones alienantes a través de la identificación con el Yo colectivo.

En 1937, el poeta presidió la Casa América, órgano cultural de los comunistas chilenos. Colaboró entusiastamente en el Frente Popular, que eligió como presidente a Pedro Aguirre Cerda en 1938. En 1943, el presidente Juan Antonio Ríos le extendió un nombramiento para realizar una extensa gira por el continente americano. Estaba en Argentina cuando fue elegido presidente de Chile Gabriel González Videla, quién inició un período de represión sostenida contra el Partido Comunista. En aquel momento, Pablo de Rokha a quien acompañaba su esposa Winétt, da por terminada su misión oficial y se queda en la Argentina.

A comienzos de 1943, de Rokha seleccionó e introdujo una antología de poetas chilenos titulada Cuarenta y un poetas chilenos: 1910-1942, la cual cubre una variada gama de autores que van desde posiciones surrealistas hasta las de literatura social.

Durante el viaje que hizo por América Latina, escribió varios libros. El primero de ellos, Canto al ejército rojo (1944) había sido escrito antes de su salida y se trata de un extenso poema en verso dedicado al ejército soviético y su lucha contra las fuerzas de Hitler. El poema recuerda la historia de la humanidad desde sus orígenes, por intermedio de un Yo visionario que muestra esta historia como un proceso que culmina ejemplarmente en el ejército. El primer libro escrito durante el viaje, Los poemas continentales (1944-45), comprende textos dedicados a los Estados Unidos y a México. El primero es una exaltación de Norteamérica como expresión de la lucha contra las fuerzas del Eje. El segundo tematiza los valores de la historia mexicana desde sus orígenes indígenas. De otro libro de ensayos titulado Interpretación dialéctica de América: 105 cinco estilos del Pacífico (1948), sólo pudo publicar un volumen de un total de cuatro porque el editor argentino suspendió el resto de la edición debido a su contenido marxista. La obra analizaba las características de los países latinoamericanos enfatizando el papel del colonialismo, el retraso económico y cultural del continente y el desarrollo de los monopolios. El libro más importante de este período viajero es Arenga sobre el arte (19493. En él se incluye una serie de ensayos de estética, una colección de poemas publicados independientemente como Carta magna del continente y un nuevo libro de Winétt: El valle pierde su atmósfera. Para Pablo de Rokha no hay formas neutrales y todas las formas logradas tienen que ser sociales y épicas, y deben hablar de la historia trágica de las multitudes del continente. De esta manera, el artista es también un luchador social, un héroe y un creador de formas para las mayorías. Carta magna es la aplicación de estas teorías y muestra una continuidad con los trabajos anteriores. Se presenta como una serie de poemas en verso libre destinados a cantar los hechos del continente y la reconstrucción de su historia. Se destaca en este libro el texto "Epopeya de las comidas y bebidas de Chile (Ensueño del infierno)", un poema en el cual las comidas y bebidas del país se mitifican y con ellas también los seres y lugares comunes. Esta apoteosis exalta el mundo primitivo natural de los campesinos, los mineros, los pescadores y el campo chileno. El poema se estructura como una antítesis entre la exaltación de los orígenes y la conciencia de la transitoriedad del presente, expresada ya en otros poemas, y se mueve entre la apoteosis y la angustia, haciendo del Yo poético el núcleo que estructura el mareo general. Un rasgo original consiste en mostrar una realidad que no aparece comúnmente poetizada en la tradición literaria: el comer, el beber, el juego y las diversiones del pueblo. De este modo, lo nacional-popular es reiterado como un arquetipo cultural y un símbolo de la existencia auténtica. La poesía de Pablo de Rokha llegó, en esta etapa, a un momento de equilibrio entre sus aspiraciones individuales y sociales. A pesar de su angustia y soledad individual, su obra alcanzó a América y al mundo con su abarcador compromiso político.

La tercera etapa de la obra rokhiana (1951-1968) se produjo bajo el predominio de la Guerra Fría en las relaciones internacionales, mientras que en Chile el gobierno de González Videla declara ilegal al Partido Comunista. La búsqueda de un hombre fuerte que pudiera poner fin al caos y la corrupción llevó una vez más a la presidencia al ex general Carlos Ibáñez del Campo en 1952, mientras Salvador Allende, al que apoyaba Pablo de Rokha, obtiene escasos votos. Winétt muere el 7 de agosto de 1951, dejando al poeta más sólo que nunca. Bajo la influencia de esta tragedia, escribe su próximo libro Fuego negro (1953), un texto en prosa poética que exalta la memoria de la amada y que adopta a veces la estructura de la elegía y el lamento desesperado. El Canto se transforma en una aullido visceral del Yo aniquilado por el terror y el sufrimiento que ha producido la muerte de la Musa-amada. La imagen de la Amada se relaciona con la del Pueblo, para poder rescatar al hablante angustiado de su soledad y conectarlo con el Tú y el Nosotros fuentes de la utopía colectiva. La poesía se convierte en un acto purificador que salva al Yo de la caída y la pena, conectándolo con los otros. Son años de desesperación, angustia y desaliento, que se traducen en libros desolados y en una vida solitaria agrandada posteriormente por la muerte de sus hijos Carlos y Pablo.

En 1954, de Rokha publicó Arte grande o ejercicio del realismo y una monumental Antología que recoge trabajos de toda su vida. El primero es un libro de poemas en prosa que trata de las tensiones de la Guerra Fría. En cuanto a la Antología, aunque el poeta retocó muchos poemas, permanece como un testimonio importante para el conocimiento global de su obra.

La elección del general Ibáñez probó ser inútil para resolver los problemas estructurales de la economía chilena y de Rokha subrayó su desilusión política con el Frente Popular y las fuerzas de izquierda, en una serie de artículos en “Multitud”. Una nueva coalición de izquierda, el Frente de Acción Popular (FRAP), se creó en 1956 y, a pesar de que el poeta le prestó su apoyo, no pudo dejar de guardar una distancia crítica y un limitado entusiasmo hacia sus postulados.

Por otra parte, las polémicas y disputas entre los intelectuales, continuaron alimentando odios y aversiones. Mahfud Massís y Julio Tagle, yernos de Pablo de Rokha, publicaron una pequeña revista llamada “Polémica” en la que atacaron a Neruda. Éste respondió, por su parte, con poemas evasivos pero de gran efectividad y agresividad en Canto general (1950), Odas elementales (1955) y Estravagario (1958).

Idioma del Mundo (1958), escrito en prosa poética, es una mezcla de ficción e historia. Hay aquí un intento de convertir la historia universal en poesía por intermedio de una actitud reflexiva sobre lo que se dice. Actuando a través de una acumulación de elementos, el poeta sitúa el trabajo poético muy cerca de una épica histórica, en la que se describe, narra y establecen relaciones contextuales y se liberan conexiones entre los fenómenos sociales de diferentes culturas y épocas. El texto se materializa porque no puede separarse lo establecido, de la realidad vivida por el lector. Aquí, Winétt la Musa, es una vez más el punto de reunión entre el Yo angustiado que refleja la transitoriedad y el Otro que sufre y lucha por su redención histórica. Una vez más, la poesía purificó a su creador y lo distanció de su deseo de autodestrucción, aunque no pudo dejar de presentar ese estado de "vivir muriendo" que lo angustiaba. En el libro siguiente, Genio del Pueblo (1960), el poeta buscó un camino para resolver el conflicto entre lo particular y lo general. En este libro donde dialogan 111 personajes, Neruda aparece con el nombre de Casiano Bastalto y nuevamente es satirizado por de Rokha. Se trata de una exposición dialogada en que los personajes mayormente de extracción campesina, enlazan sus problemas cotidianos con el destino de Chile y del mundo. Este fresco de personajes tiene como foco dominante el tema de Chile y de su gente, que se expresa por medio de muleros, mineros, prostitutas, huasos, vaqueros, campesinos, "cantoras", pescadores, artesanos y marinos. También aparecen figuras nacionales como el bandido Joaquín Murieta, el dirigente sindical Luis Emilio Recabarren y Neruda. El autor mismo tiene varios alter egos que exponen sus ideas: Juan de Dios Pizarro, Raimundo Contreras, Juan de Dios Alvarado, entre otros. El sufrimiento de los explotados es un tópico que permite unificar los enunciados que se dan a través del poeta, que con su canto –la épica americana– mostró a los verdaderos héroes del continente: los héroes populares.

Esos años son difíciles para el poeta. Vendía sus libros de puerta en puerta y de ciudad en ciudad, amargado por el dolor y el recuerdo imborrable de su compañera Winétt. En esa última etapa de la obra de Pablo de Rokha, en una América convulsionada por los movimientos políticos de los sesenta, los conflictos estéticos previos se reviven y los valores de lo nacional-popular se refuerzan. Uno de los grandes libros de ese tiempo es Acero de invierno (1961), conformado por diez extensos poemas que incluyen tres estilos y temas primordiales: una épica nacional-popular, la angustia frente a la muerte y los cantos de estilo social. Ya sea cantando al poroto o al campeonato de rayuela, revivió su contacto con las raíces vernaculares que había iniciado con las comidas y bebidas. Hombres, mujeres y objetos se transformaron en actos y hechos simbólicos que mostraron facetas de la vida humana generalmente incomprendidas por la lírica tradicional. Por otra parte, el Canto del macho anciano expresa toda la angustia del Yo degradado por el paso del tiempo y la decadencia social e individual. Se dio una lucha moral entre ese presente que aniquilaba y el pasado mitificado por la memoria que lo transformaba en un paraíso. El único encuentro posible se producirá en un futuro, que el poeta canta en imágenes visionarias. Aceptando que la muerte es el destino inevitable del ser humano singular, buscó una trascendencia que le permitiera sobrevivir y alcanzar un mundo imaginario donde la historia se transformaría en mito.

En los años siguientes, de Rokha reafirmó esta posición de compromiso con libros como Canto de fuego a China Popular (1963), el texto inédito China Roja (1964), escrito después de una invitación a China, y Mundo a mundo: Francia, primer estadio (1966).

Sin embargo, entre los últimos libros el más importante es indudablemente Estilo de masas (1965) en el que una vez más el poeta elevó a la categoría de personajes épicos a figuras populares reales o ficticias. Los diferentes poemas de este libro forman una unidad compleja en la que las figuras retóricas y los elementos sintácticos y verbales continúan una línea de escritura previa, pero con ciertos rasgos peculiares. El mismo año 1965, de Rokha recibe el Premio Nacional de Literatura. Dirá que "me llegó demasiado tarde, casi por cumplido y porque creían que ya no iba a molestar más". Durante sus últimos años, ya muy enfermo, vivió rumiando su resentimiento contra la sociedad oligárquica, aunque sin dejar de lado la espontaneidad y la cordialidad patriarcal que hacían célebre su casa y su familia.

El 10 de septiembre de 1968 se suicidó, justo antes de cumplir los 74 años, agobiado por problemas económicos, los estados depresivos y las enfermedades. Se unió definitivamente a su ficción poética al poner término a su trayectoria vital del mismo modo que Juan el carpintero de su libro Los Gemidos:

Aquí yace "Juan el carpintero"; "vivió setenta y tres años, pobremente. Vio grandes a sus nietos menores y amó, amó, amó su oficio con la honorabilidad del hombre decente, odió al capitalista imbécil y al peón canalla, vil o utilitario.

Dejó un libro inédito. Rugido de Latinoamérica, unas memorias inconclusas y fragmentos de dos libros más: Infinito contra Infinito y Cuero de Diablo.

Resumen de la introducción del libro Pablo de Rokha: Nueva Antología, selección y prólogo de Naín Nomez, Editorial Sin Fronteras, 1987.



 

LIBROS PUBLICADOS


Versos de infancia - 1916
Sátira - 1918
Los Gemidos - 1922
U - 1926
Heroísmo sin alegría - 1927
Suramérica - 1927
Satanás - 1927
Ecuaciòn. Canto de la fórmula estética - 1929
Escritura de Raimundo Contreras - 1929
Jesucristo - 1937
Moisés - 1937
Gran Temperatura - 1937
Cuarenta y un poetas jóvenes de Chile - 1943
Arenga sobre el arte - 1949
Fuego Negro - 1953
Antología (1916-1953) - 1954
Neruda y yo - 1955
Idioma del Mundo - 1958
Genio del Pueblo - 1960
Acero de Invierno - 1961
Canto de fuego a China Popular - 1963
Estilo de Masas - 1965
Mundo a mundo - 1966
Poemas rimados o asonantados - 1966
Tercetos dantescos a Casiano Basualto - 1966
Mis grandes poemas - 1969
Antologìa poética - 1972
Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile - 1986
Nueva Antología - 1987
El amigo Piedra - 1990.

Modificado el ( viernes, 05 de octubre de 2007 )
 
Silvia Rodríguez Bravo PDF Imprimir E-Mail
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jueves, 20 de septiembre de 2007

 

 

Silvia Rodríguez Bravo o "Profeta de Bares", es una poetisa de Talca que entre sus libros cuenta con los siguientes trabajos:

* Entre la Poesía y yo

* Versóvulus

* Profeta de Bares

* Despertar Confuso

* Diario de un Cesante

 

Selección de Poemas
 
 
Resurreción
 
He muerto tantas veces.
Pero esta noche no puedo morir.
Hice de mis fracasos una llave
para abrir puertas.
Puertas donde yace
la memoria que nos sobrevive
donde existen las cosas perdidas
de la vida.

Aquellas cosas que se nos escapan
y están ahí tiradas sobre el día
sin que nadie las mire.

Con esta llave entro en los momentos
para desdoblar la soledad apilada
en los armarios
ordenar fantasmas, miedos
renovar el aire donde respira
mi desesperación.

No quiero morir, pero un eco
retumba en la sangre
despierta los huéspedes del silencio
la ausencia que tengo de mí.
Azules Trompetas anuncian lo inevitable
me arrancan la vida
y soy un puñado de cenizas esparcida
sobre la sombra que hoy tuve.

Pienso que sólo el fracaso busca nuevos caminos
y arrastro mi cadáver sobre otros cadáveres
hasta llegar a la conciencia y recordé
que no puedo morir

Arranco la cruz que tiene mi nombre
la uso de leña para la noche de este invierno.

Noche en que la muerte tocó mi puerta
pero yo, desde adentro le muestro las llaves
y le digo, que para entrar a esta guarida,
primero, debe ser, mi cómplice.
 
 
Afuera de esta Habitación
 
Tanto mundo rueda sobre la distancia
de nuestras bocas Amor.
Tanto mundo sosteniéndose
entre apariencias vanas
y realidades concretas
olvidadas
soltadas
ignoradas
como un graffitis más
dibujado en el muro.

Tantas bocas antes y después
de nuestra boca
bocas pidiendo justicia
bocas con hambre real
bocas obligadas a comer en orfanatos
sin que nadie diga porque.

Bocas gritando mientras son violadas
y nadie escucha
no hay nadie cerca
mientras los labios de la vagina
se contraen
se duelen
y no hay nadie
solo el grito acompaña al dolor
en este girar la rueda.

Tantas bocas maldiciendo o rezando
entregando un cuento a la hora de dormir
bocas que no duermen en guerra
bocas gritando por la paz.
Y yo aquí, esperando tus besos
mientras tantas bocas piden por algo
y yo aquí, esperando olvidar realidades
en el paraíso de tu boca.
 
 
Vacaciones sin mi
 
Debía salir. Ausentarme del camino.
Ausentarme de mí.
Tomar distancia de la sombra que me busca
en cada mañana
Ausentarme del eco de la memoria,
del vacío de estos ruidos y olvidarme.
Sí, olvidar que existo y soy esta anormal perfección.

Debía caminar. Deshojar los cimientos de la soledad
Pulverizar silencio, rabia.
Ordenar por alfabeto bestias, fantasmas, recuerdos
Asear la memoria. Ausentarme de los espejos.

Debía oxigenar esta muerte
que cada día me entrega lo mejor de ella.
Caminar juntas en otra tierra y conversar
del vacío inmortal que nos espera.
 
 
Mujer de Pueblo
 
Hay mujeres que no conocen el silencio
y en silencio lavan, crían, cocinan
y vuelven a lavar la ropa, sus pensamientos
pero el cansancio lo tienen apilado, oxidado
reproduciéndose incesante
en los pliegues de su cuerpo memoria.

Hay mujeres que nunca se las ve pensar
no son musas inspiradoras de un poema
ni son reinas de su propio reino
y respiran ajadas entre carbón y ceniza
con rostro de alegría humilde
con mirada y sonrisa asoleadas.

Hay mujeres que sostienen la lluvia
en tiempo de cosecha
mujeres con juventud anciana
amamantando la tierra
con el agua de su cuerpo
son hijas madres
de un Colbún pueblo
que llenas de sabiduría
no conocen el descanso
no conocen el silencio.
 
 
Jaque Mate
 
Un hombre, mitad blanco
mitad negro
se encandila bajo la pupila
de mi voz trasnochada
durante días.

Es gris como esta bufanda y voina
que uso a inicios del otoño,
es frescura en horas de verano
es abrigo en noches de invierno.

Ese muchacho amurallado de hombre
es un alfín volando libre
sobre torres y caballos
con vida de peón
y cuerpo de rey.

Ese hombre, es la pieza diez y siete
y yo,
la única reina
de su tablero.

 

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miércoles, 30 de mayo de 2007

Biografía de Manuel Rojas

NUESTRO MÁXIMO

GORKI

**LUIS ENRIQUE DELANO**


Seguramente el novelista más importante de los que surgieron directa o indirectamente al calor de los acontecimientos de ese fenómeno romántico y social que en Chile llamamos "el año 20 "(1920) es MANUEL ROJAS. Por mucho tiempo se pensó (y hasta se escribió) que Rojas, por las razones que se verán, era nuestro MAXIMO GORKI, el Máximo Gorki que todas las literaturas deberían tener. Esto es, el escritor viril, sensible, desbordante de solidaridad humana y educado en las universidades de la vida.


Rojas, como Gorki, provenía de un medio pobre, el mismo en Buenos Aires, donde nació, en 1896, y otra vez el de Buenos Aires, cuando la familia regresó en busca de horizontes más propicios, cuatro años más tarde. Allí siguió Manuel los primeros cursos de escuela.


De su padre se sabe poco, quizás murió temprano. De su madre, doña Dorotea Sepúlveda González, natural de Talca, nos han llegado algunas referencias. Era una mujer que no sólo leía novelas sino también esos libros sociales que estaban en boga en las primeras décadas del siglo y que soliviantaban a la gente generosa, anhelante de dar algo de sí misma a los demás. A la casa de doña Dorotea solían llegar anarquistas hambrientos o perseguidos. Gabriela Mistral, que tenía gran estimación por ella, así como por su hijo Manuel, nos la describió una vez como "una viejita preciosa".

Vivían en la pobreza que vuelve luchador al hombre desde sus primeros años, la pobreza que ayuda a resistir golpes y soportar adversidades, cuando no provoca la sumisión, la aceptación de un injusto status del que no somos culpables sino víctimas. Lo último es lo habitual, lo primero la excepción, el aliento a la rebeldía. Sí recordamos a los campesinos de Nijni Novgorod, que Gorki nos ha descrito con maestra, tenemos que pensar que no menos indiferentes a sus propias miserias serían las gentes de las barriadas de Buenos Aires o de los campos Chilenos que conoció Manuel Rojas en su infancia.

He ahí una afinidad. Otra es el afán andariego que sacudió tanto al ruso como al chileno. El primero, con un zurrón colgando de su hombro, se lanzó a caminar por las llanuras y las costas, por las montañas y las estepas de su inmenso país. Rojas, quizás más que todo por amor al vagabundaje, a no estar sometido a patrones explotadores y normas de conducta prefijadas, emprendió también largos viajes a pie, cruzando nada menos que la temible cordillera de Los Andes, que separa a la tierra donde nació de aquella donde más tarde anidaría y echaría raíces; o recorriendo Chile de uno a otro extremo, desde el norte calvo, cálido y desértico hasta el sur que es pura agua de lluvia, ríos, lagos, al cual se ha llamado "trópico frío". Hacia los últimos años de su vida, Manuel rojas escribió animadas y bellas páginas sobre sus andanzas a pie por territorio chileno

El otro parentesco entre Gorki y Rojas es consecuencia de lo que se ha dicho, deriva de las enseñanzas que los años de vagar dan al hombre sobre sus semejantes. Y al decir semejantes estamos pensando en seres de los ambientes del trabajo, que ambos escritores conocieron muy bien y que son, para un novelista, el filón más rico, la fuente más pródiga, la cantera ideal donde ir a buscar uno de los materiales principales de una novela. El mundo del trabajo es el que ha inspirado las mejores novelas de todos los tiempos y de todos los países, el que ha proporcionado los grandes conflictos y los tipos humanos que se han llevado al libro.

Entre los quince años y su madurez, Manuel Rojas, que sólo había estudiado para hombre, desempeñó sin embargo una buena docena de oficios tan diversos y encontrados como: pintor de brocha gorda, electricista, cuidador de un circo, acarreador en las faenas de la vendimia; fue también peón en la vía férrea que, atravesando la cordillera, une a Chile con la Argentina; y lo fue en el sitio más difícil de ese difícil trayecto: lo más alto de la montaña, justo en el límite de ambos países. Luego fue cuidador de faluchos y estibador en el puerto de Valparaíso, colaborador y redactor de periódicos anarquistas, apuntador o consueta de compañías teatrales, linotipista de imprenta, periodista, funcionario de la Biblioteca Nacional, regente de la imprenta de la Universidad de Chile, profesor de redacción en la escuela de periodismo y de literatura latinoamericana en Universidades de Estados Unidos. La mayor parte de estos oficios -sobre todos los ejercidos durante la juventud- correspondió al trabajo manual, lo que supone la sociedad con seres que tenían arreglarse difícilmente, a veces a duros golpes, con la vida. Manuel Rojas ha dicho: "Conocí andando por el mundo, muchos hombres que narraban, en un campamento, en una estación de ferrocarril, en una comisaría, sus historias y las ajenas".Bien esta es una manera de llenarse los bolsillos de tesoros, de ricos a los que echar mano alguna vez. pero, ¿y lo que él mismo vio, supo, aprendió, experimentó? ¿Todo lo que le dio la vida, los caracteres, los personajes, los hechos, los paisajes, los amores, los dolores a través de sus andanzas y de sus trabajos, tanto si se toma esta palabra en su acepción normal o en el sentido cervantino?.

Esa ha sido , sin duda, la fuente más abundante y mejor de las que se nutrió la obra de Manuel Rojas. De cada sitio, de cada hombre, de cada oficio salieron cuentos o partes de novela. De su trabajo de peón en la línea del ferrocarril trasandino viene su justamente famoso cuento de Laguna; de sus tareas en el puerto de Valparaisó surgieron narraciones de tanta ternura humana y piedad por los desventurados como es su cuento El Vaso de Leche , así como también la novela de Lanchas en la Bahía; de sus conocimientos del bajo mundo, el relato El Delincuente, como también parte de la novela Hijo de Ladrón, mientras de las errancias por campos chilenos vu¡ienen los relatos que forman Hombres del Sur. En fin, de todas sus experiencias vitales emergió el personaje de tres novelas de Rojas, Aniceto Hevia, delineado con rasgos vigorosos, como un autorretrato salido del pincel de un pintor recio y experimentado.

Campos y ciudades, el sur pródigo, las calles de Chile en épocas de ebullición social , el paso de algunos hombres desde la cárcel a la revolución o viceversa, el abandono y la soledad de seres humanos que si no hablan mucho de ello, sufren lo suyo , son el material de sus libros, que en general, están compuestos con real preocupación técnica e inteligente maestría. Toda la evolución literaria del siglo se refleja en las novelas de Rojas que, sin embargo, nunca son inútilmente complicadas ni buscan una originalidad a base de trucos ni artificios. Su universalidad se funda en un conocimiento verdadero y de primera mano de la vida y en un tratamiento adecuado del alma de los seres humanos.

Manuel Rojas comenzó siendo poeta y sus primeros versos se publicaron en 1917, en una revista muy selecta de Santiago. Siguió siendo poeta siempre, escribiera o no en versos, aunque a partir de 1926, cuando publica Hombres del Sur, se le considera fundamentalmente como prosista. En verdad es la prosa, la narración, lo que labara su nombradía como escritor, no obstante que en 1927 publica Tonada del Transeúnte, un volumen de versos del cual lo menos que puede decirse es que es original y pleno de sensibilidad.


Después vienen los cuentos de El Delincuente y la novela Lanchas en la Bahía, del origen que se señaló antes. En esta última obra, publicada en 1932, se nota ya una preocupación por técnicas literarias que aún los escritores chilenos no empiezan a usar. Rojas sabe que para vencer el provincianismo y la incomunicación, el escritor debe vivir atento a los rumores del gran caracol del mundo. En Lanchas en la Bahía, por ejemplo, se contiene un monólogo interior desprovisto de puntuación, en el que los pensamientos se muestran del mismo modo que se procuden, aglomerados, a saltos, cambiantes o a borbotones. Más adelante, en su novela más famosa Hijo de Ladrón, volveremos a encontrar preocupación por las manifestaciones de la corriente de conciencia cuando, en ciertas evocaciones o vueltas al pasado yuxtapone pasado y presente en el monólogo interior. No se piense por ello que Rojas emplea la novedad por la novedad o va tras un superficial vanguardismo. Sus propósitos son lograr la mayor eficiencia literaria posible y sin duda que lo logra.

Han de pasar algunos años de trabajo, cerca de veinte, después de Lanchas en la Bahía, antes que Manuel Rojas publique, en 1951, Hijo de Ladrón. Hay criterios que sostienen que todo lo anterior fue solo un periodo de incubación de la que se calificaría como su obra maestra. Si no es ella la mejor novela de Rojas, es por lo menos la que despertó el mayor interés, nacional e internacional, por el escritor. (La novela se tradujo a varios idiomas. En Estados Unidos se publico bajo el titulo inexacto Born Guilty(nacido culpable o culpable de nacimiento), que no tiene la significación del nombre en español.

 

Se trata de una novela con un fuerte contenido autobiográfico, en la que Manuel Rojas vacío una buena parte de lo que el tiempo dejo en su memoria. En sus paginas se reconoce a hombres de una generación cuya mente quedo marcada por dos acontecimientos determinantes: uno de orden general, la primera Guerra Mundial, y otro de orden particular, el año 20 chileno, que se manifiesta por una explosión, brutalmente reprimida, de las ideas anarquistas que hacían presa por aquel tiempo de muchos obreros y no pocos estudiantes. Manuel Rojas había conocido de niño a los anarquistas. En el cuento Laguna, que aunque destinado a hablar de un hombre de ese apellido o quizás apodo, Laguna, es autobiográfico de la temprana adolescencia del autor, escribe: "Me uní a dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje, saliendo de Mendoza una noche de abril". Mas tarde, en Chile, se liga a obreros y estudiantes de tendencias acráticas. Uno de sus buenos amigos y quien lo estimula para que escriba versos es el poeta Domingo Gómez Rojas, que muere loco, ese mismo año 20, después de una prolongada y dura prisión. El propio Rojas, durante esos días, tiene que hurtar el cuerpo a la persecución y cuando los militares, por ordenes del gobierno, asaltan, empastelan y destruyen la imprenta del periódico anarquista Numen, Rojas, que trabaja allí como obrero, se salva de la prisión y quizás de la muerte ocultándose tras unos fardos de papel.

Esas son, pues, las ideas que bullen en la cabeza de Aniceto Hevia, que aunque parece mas un ser pasivo que un militante y no carece de cierta dosis de escepticismo, cree en la humanidad. No obstante la corrupción en que ésta ha caído bajo el orden burgués, puede ser salvada. Las ideas de Aniceto Hevia son, naturalmente las de Manuel Rojas, que era un gigantón lento de movimientos y palabras, con espesas cejas negras y manos encallecidas en trabajos rudos.

Hemos conocido, aparte de Manuel Rojas, a unos cuantos chilenos que eran estudiantes anarquistas en los días del año 20 y lo que más nos impresiono de ellos fue su profunda honestidad, su decencia para vivir. Eso nos resultó mucho más interesante que sus ideas sacadas de Bakunin, de Reclus o Stirner, de quien tanto se burlo Carlos marx.

En hijo de Ladrón, la sensación mejor que queda en el ánimo del lector es la de la verdad. Los personajes viven realmente, son auténticos, son seres libres y no títeres manejados por el novelista, y esto no se ve sólo en sus acciones sino en el discurrir de sus pensamientos. Sus acciones son solamente el reflejo de sus pensamientos o sus sentimientos.

La concepción literaria que se desprende de las novelas de Manuel Rojas había sido, por lo demás, expresada por él con bastante anterioridad, cuando escribió:

"El novelista ha abandonado aquel camino de sol, de risas, de carreras, de juego y de guerra, propio de la epopeya, y descendido a otro, silencioso, como tapizado, por donde la vida interior transcurre como la sangre, sin ruidos, y donde la raíz del hombre se baña en oscuros líquidos y en extrañas mixturas. Cada día más los hechos exteriores son abandonados y olvidados en las novelas; no tienen sino una importancia periférica, social; el hombre no vive en los hechos, mejor dicho, los hechos no son lo más importante en él: lo es lo que está antes o después, lo que los ha determinado o lo que de ellos se deriva. El novelista, así como todos los que estudian y describen al ser humano en un sentido psíquico, y as´como aquellos que tienen que juzgarlo alguna vez, como los jueces, se ha percatado de que lo importante del hombre es ahora, y lo ha sido siempre, su vida psíquica."

Por eso los personajes de Rojas, Aniceto Hevia en particular, piensan mucho, meditan, recuerdan, tienen "ideas disolventes", como escriben los periódicos burgueses, pero no son culpables de ellas. Las han sacado de la vida y de los libros, como ocurre con todas las ideas. Las manejan verbalmente mientras llegan los días en que se puedan poner en práctica. ¿cuándo? Son libertarios, rebeldes, individualistas, arbitrarios, enemigos de la disciplina y sienten olímpico desprecio por la política y los políticos. Pero prima en ellos, como se advierte en casi toda la obra de Rojas, el sentido de la solidaridad humana. Y quizñas sea este sentimiento, expuesto en distintas formas, explícito o subyacente, lo que da a los libros de este autor la universalidad.

El crítico Fernando Alegría ha sabido ver esto y en su obra Literatura Chilena del siglo XX, dice, a nuestro juicio con mucho acierto:

"... este mundo, hecho de una sola imagen básica y sostenido por un sentimiento de fraternidad entre los hombres libres y de amor esencial hacia la humanidad por encima de toda injusticia, constituye el aporte medular de Manuel Rojas a la literatura chilena. Lo que sobra en su creación y que no guarda relación con este mundo -algunos husos, algunas leyendas- es marginal y de significado transitorio. La verdadera obra de Rojas está constituida por una larga narración autobiográfica - algunos detalles de la cual se esbozan en sus colecciones de cuentos, especialmente El delincuente-, cuyo primer volumen es Lanchas en la bahía, en que se describe la temprana adolescencia de Aniceto Hevia; el segundo es Hijo de ladrón, donde florece en su amplia amargura la juventud de Aniceto y se dan a conocer los detalles de su infancia; el tercero es Mejor que el vino, donde el héroe descubre el amor a la mujer-amante, y el cuarto es Sombras contra el muro, reiteración del tema juvenil".

Diríamos que Mejor que el vino(el título) está tomado de los cantares: "¡Bésame mi amado con los besos de su boca! Porque sus caricias son mejores que el vino"), en que se presenta la vida amorosa de Aniceto Hevia, sin duda con altura, marca la separación del binomio que formamos llevados por nuestra admiración: Gorki-Rojas. Bien, estaban separados desde antes, para ser exactos. Partieron juntos por los caminos, conocieron a los seres más aporreados por la vida y levantaron la bandera de lo que vale más en el hombre: el sentido y el ejercicio de la solidaridad humana. Pero los separó la concepción de cómo arreglar las imperfecciones del mundo: Gorki creyó que es preciso hacerlo a través de la organización y se unió a Lenin y los Bolcheviques; Rojas pensó que la humanidad se arreglaría sin que intervinieran los políticos, los partidos, los gobiernos. Pero, en cierto modo, la vieja amistad era irrompible, porque tenía como denominador común la fraternidad entre los hombres.

En Mejor que el vino, que aunque es una novela que muestra con elevación y a veces desgarradoramente amores y algún amorío entroncado en la picaresca, encontramos a Aniceto mezclado con algunas gentes muy distintas de sus viejos amigos, de los hombres con quienes se encuentra en las primeras páginas de Hijo de ladrón, al abandonar la cárcel.

En 1960 publica Manuel Rojas la novela Punta de rieles, en la que es visible una refinada elaboración técnica. Ya no aparece Aniceto Hevia, que ha terminado su ciclo Sombras contra el muro, donde de nuevo se ven las preocupaciones sociales de los viejos días. En Punta de rieles el amor es también determinante. Se trata de dos historias paralelas, comenzando por la de un obrero que ha matado a su mujer y que se confiesa con un periodista. Este es un aristócrata que ha rodado socialmente a causa del alcohol. No hay un entrelazamiento a lo Faulkner entre ambas historias; mientras una es contada por su protagonista, el carpintero, la otra no sale de los labios sino que transcurre en los recuerdos del hombre que se ha desmoronado y ha perdido su posición, su fortuna y su familia.

Hay en esta novela una cualidad más, aparte de los valores de humanidad siempre presentes en las obras de Rojas: el tratamiento del lenguaje, la síntesis casi perfecta que ha logrado del hablar popular, en la historia que cuenta el carpintero. ¡Qué distinto de las fotografías del habla campesina que en su tiempo nos hacían tragar los criollistas!

A Manuel Rojas no le resultaba fácil la literatura, a causa de su profunda conciencia y su concentrada seriedad de escritor. Tardaba en escribir sus novelas, sus cuentos y hasta sus artículos. Cuando en 1957 se le otorgó, con toda justicia, el Premio Nacional de Literatura, al recibirlo improvisó un breve discurso. Declaró que había pensado escribir una disertación y que no lo hizo porque ello le habría demandado por lo menos un mes.

Distintas tendencias literarias chilenas se lo disputaron, al advertir, desde sus primeros libros la categoría que encerraban. Cuando publicó El hombre de los ojos azules -que según dicen tenía cierta influencia de los bocetos californianos de Bret Harte, el libro que tanto encantó a Baldomero Lillo en su adolescencia- y más tarde los relatos de Hombres del sur, los criollistas sostuvieron ingenuamente que Rojas era uno de los suyos.

Cuando apareció, como folletín en un periódico de Santiago, su novela fantástica La ciudad de los Césares, que fue en realidad una de las primeras que escribió, inspirada en una leyenda que viene de los días de la conquista española, los imaginistas aseguraron públicamente que era uno más de ese grupo que se daba de trompadas con la realidad inmediata.

El tiempo demostró que no era ni lo uno ni lo otro. Porque la obra verdaderamente transcendentes de Rojas, la que le valió nombradía internacional, se inicia solamente en la década de del 50 con Hijo de ladrón. y ni esta novela ni las que siguieron son criollistas ni imaginistas, como se ha señalado, sino de una tendencia que se basa en el hombre más allá de sus acciones y sus palabras.

Entre los escritores más jóvenes, los que formaron la llamada generación del 38, que llegaron a la literatura en otro momento de gran efervescencia social en el mundo, en plena Guerra Civil Española, en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial y cuando en Chile el Frente Popular conquistaba el gobierno, Rojas apareció como un maestro. Estos jóvenes que tenían el propósito de elevar al hombre por encima de todo, de estudiarlo y exponerlo en su integridad, individualmente como dentro del contexto social -digamos Reinaldo Lomboy, Oscar Castro, Fernando Alegría, Nicomedes Guzmán, Gonzalo Drago, Volodia Teitelboim, Andrés Sabella, Mario Bahamonde, entre otros- consideraron a Rojas como un maestro, por sus claras ideas sobre la literatura y por las obras que las reflejaban. "Ideas son éstas" -dice Fernando Alegría en Literatura Chilena del siglo XX- " que debieron hacer época en la literatura chilena. No fueron reconocidas de inmediato; al menos no lo fueron directamente. Sin embargo, mi generación, que sale a la palestra en el año 1938, llevará en los oídos la voz de Manuel Rojas, es descontento: la voz del noblemente ambicioso, del preocupado escritor que, sin alardes, demanda sabiduría, hondura y universalidad en la creación literaria".

Manuel Rojas murió en 1973. Conoció el mundo viajando a pie, cuando podía hacerlo, y en avión más tarde. Visitó países socialistas y capitalistas y pudo comparar sus viejas ideas con la realidad y sopesar la forma en que unos y otros trataban a quien fue su preocupación fundamental en la vida y en la literatura: el hombre.

 

***ARTÍCULO SACADO DE LOS CUADERNOS DE LA FUNDACIÓN NERUDA -MANUEL ROJAS 1896-1996- (AÑO VII-NÚMERO 24-SANTIAGO CHILE-1996)***

 

 

 

Cuentos

 

El Vaso de Leche

 

Afirmado en la barandilla de estribor, el marinero parecía esperar a alguien. Tenía en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco, manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.
Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando.
Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:-Y say; look here! (¿Oiga, mire!).El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:-Hallow! What? (¡Hola” ¡Qué?).-Are you hungry? (¿Tiene hambre?).
Hubo un breve silencio, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:-Non, Y am not hungry! Thank you, sailor. (No, no tengo hombre. Muchas gracias, marinero).-Very well. (Muy bien). Sacóse la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado.
El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó: -Are you hungry? No había terminado aún su pregunta cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:-Yes, sir, Y am very hungry! (Sí, señor, tengo harta hambre).
Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, sentóse en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma. 
El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí presenció la escena.
Él también tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como es el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre. Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán.
Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austríaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte embarcóse ocultamente. Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviáronlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que toco el vapor lo desembarcaron, y allí quedó, como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno. Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después... La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíale un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían explicación.Después que se fue el vapor y anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada.
El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron.Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delirio; atorrantes abandonados al ocio, que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pasando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar. Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo.
Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga. Estuvo un rato mirando hasta que atrevióse a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores.Durante el tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.
A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último acercóse a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.  
Contestóle el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y que todavía sería necesario trabajar el día siguiente para concluir de cargar el vapor. ¡Un día más! Por otro lado, no adelantaban un centavo.-Pero -le dijo-, si usted necesita, yo podría prestarle unos cuarenta centavos... No tengo más. Le agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue.Le acometió entonces una desesperación aguda. ¿Tenía hambre, hambre, hambre! Un hambre que lo doblegaba como un latigazo; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba como un borracho. Sin embargo, no había podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento era oscuro y fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso.  
Sintió de pronto como una quemadura en las entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera abierto ante él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que él quería y amaba apareció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga... Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba despacio. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una hora más y caería al suelo.Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra; comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.No pensaba huir; le diría al dueño: “Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar... Haga lo que quiera”.
Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocio muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol: Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo.Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.  En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir.
Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y paróse a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo una miradas que parecían pedradas. ¿Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto reducido.
Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto de leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigióse a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador.  Apenas estuvo en la calle, afirmóse los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue, caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigióse hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó:  -¿Qué se va a servir?Sin mirarla, le contestó:-Un vaso de leche.-¿Grande?-Sí, grande.-¿Solo?-¿Hay bizcochos? -No; vainillas.Bueno, vainillas.
Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente. Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platito lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador.  Su primer impulso fue beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y sus propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido. Pausadamente tomó una vainilla, humedeció la en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que le estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó por su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.Afirmó la cabeza en las manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado.  Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y que una voz de mujer, con un dulce acento español, le decía:-Llore, hijo, llore...Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba pareció le que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.  
Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miró a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste.
En la mesita, ante él, había un nuevo vaso de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador.Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedirse, sin ocurrírsele nada oportuno.Al fin se levantó y dijo simplemente:-Muchas gracias, señora; adiós... -Adiós, hijo... -le contestó ella.  Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosísima y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano.
Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud de desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión.  Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose rehacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.  Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas. Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espaldas, mirando el cielo largo rato. No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más. Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar. 

 

Laguna


De aquella época de mi vida, ningún recuerdo se destaca tan nítidamente en mi memoria y con tantos relieves como el de aquel hombre que encontré en mis correrías por el mundo, mientras hacía mi aprendizaje de hombre.… Hace ya muchos años. Al terminar febrero, había vuelto del campo donde trabajaba en la cosecha de la uva. Vivía en Mendoza. Como mis recursos dependían de mi trabajo y éste me faltaba, me dediqué a buscarlo. Con un chileno que volvía conmigo, recorrimos las obras en construcción, ofreciéndonos como peones. Pero nos rechazaban en todas partes. Por fin alguien nos dio la noticia de que un inglés andaba contratando gente para llevarla a Las Cuevas, en donde estaban levantando unos túneles. Fuimos. Mi compañero fue aceptado en seguida. Yo, en ese entonces, era un muchacho de diecisiete años, alto, esmirriado, y con aspecto de débil, lo cual no agradó mucho al inglés. Me miró de arriba abajo y me preguntó:… -¿Usted es bueno para trabajar?… -Sí –le respondí-. Soy chileno.… -¿Chileno? Aceptado.… El chileno tiene, especialmente entre la gente de trabajo, fama de trabajador sufrido y esforzado y yo usaba esta nacionalidad en esos casos. Además mi continuo trato con ellos y mi descendencia de esa raza me daban el tono de voz y las maneras de tal.… Así fue cómo una mañana, embarcados en un vagón de tren de carga, hacinados como animales, partimos de Mendoza en dirección a la cordillera. Éramos, entre todos, como unos treinta hombres, si es que yo podía considerarme como tal, lo cual no dejaba de ser una pretensión.… Había varios andaluces, muy parlanchines; unos cuantos austriacos, muy silenciosos; dos venecianos, con hermosos ojos azules y barbas rubias; unos pocos argentinos y varios chilenos.… Entre estos últimos estaba Laguna. Era un hombre delgado, con las piernas brevemente arqueadas, el cuerpo un poco inclinado, bigote lacio de color que pretendía ser rubio, pero que se conformaba modestamente con ser castaño. Su cara recordaba inmediatamente a un roedor: el ratón.… Le ofrecí cigarrillos y esto me predispuso a su favor. Me preguntó mi edad y al decírsela movió la cabeza y suspiró:… -¿Diecisiete años? Un montoncito así de vida.… Y señalaba con el pulgar y el índice una porción pequeña e imaginable de lo que él llamaba vida.… Usaba alpargatas y sus gruesas medias blancas subían hacia arriba aprisionando la parte baja del pantalón. Una gorra y un traje claro, muy delgado, completaban su vestimenta que, como se ve, no podía ser confundida con la de ningún elegante. A la hora del almuerzo compartí con él mi pequeña provisión y esto acabó de atraerlo hacia mí. Más decidor ya, por efecto de la comida, me contó algo de su vida; una vida extraña y maravillosa, llena de vicisitudes y de pequeñas desgracias que se sucedían sin interrupción. Hablando con él, observé esta rara manía o costumbre: Laguna no tenía nunca quietas sus piernas. Las movía constantemente. Ya jugaba con los pies cambiando de sitio o posición una maderita o un trocito de papel que hubiera en el suelo; ya las movía como marcando el paso con los talones; ya las juntaba, las separaba, las cruzaba o las descruzaba con una continuidad que mareaba. Yo supuse que esto provendría de sus costumbres de vagabundo, suposición un tanto antojadiza, pero yo necesitaba clasificar este rasgo de mi nuevo amigo. Su cara era tan movible como sus piernas. Sus arrugas cambiaban de sitio vertiginosamente. A veces no podía yo localizar fijamente a una. Y sus pequeños ojos controlaban todo este movimiento con rápidos parpadeos que me desconcertaban.… -¿De dónde es usted, Laguna?… (¿Por qué se llamaría Laguna? ¿Sería un mote o un nombre? Nunca lo supe.)… Contestóme:… -Soy chileno; de Santiago. Pura araucanía.… Parecía tener el orgullo de su raza y seguramente decía aquella última frase para significar que era un chileno de pura sangre araucana.… En el tren intimamos mucho. Los demás no me llamaban la atención. Laguna era una fuente inagotable de anécdotas y frases graciosas. Mi juventud se sentía atraída por este hombre de treinta y cinco años, charlador inagotable, cuya vida era para mi adolescencia como una canción fuerte y heroica que me deslumbraba. Su tema favorito era su mala suerte… -Yo soy roto muy fatal, hermano. Usted se morirá de viejito, le saldrá patilla hasta para hacerse una trenza y nunca encontrará un hombre tan desgraciado como yo.… El dolor de su vida, en lugar de entristecerme, me alegraba. Contaba sus desgracias con tal profusión de muecas e interjecciones, que yo me reía a gritos. Se paraba un instante, se ponía serio y me decía:… -No se ría de la desgracia ajena; eso es malo.… Y seguía contando. En las partes que él consideraba trágicas o patéticas, sus ojos se cerraban y sus orejas, largas y transparentes, parecían trasladarse hacia la nuca.… -Y entonces, cuando gritaron: ¡cuidado, que vamos a largar!, yo me hice a un lado, el poste cayó, una piedra saltó y me rompió la cabeza.… Sus arrugas tornaban a su posición normal, sus ojos se abrían, las orejas volvían al sitio predilecto y me miraba para ver qué impresión hacía en mí su relato.… -¡Ja, ja, ja! ¡Qué Laguna!… Y toda la peonada hacía coro a mis risas.
*** *** ***
 … Al anochecer del mismo día llegamos a Las Cuevas. Yo conocía la cordillera por haberla atravesado dos veces en mi niñez, pero de ella no guardaba más recuerdo que el de una mulita muy suave, un arriero que me cuidaba, de un coche que rodaba entre dos murallas de nieve y de mi madre, este último más patente que los otros. Por lo tanto, el espectáculo era nuevo para mí. Una sensación inmensa de pequeñez sobrecogió mi espíritu, cuando, al descender del tren, mi vista recorrió ese inmenso anfiteatro de montañas. El cielo me parecía más lejano que nunca. Ni un árbol. Aridez absoluta en todo lo que veía. Rocas que se erguían, crestas rojas o azules, manchones de nieve, soledad, silencio. El tren se perdía como un gusano, entre las moles, ridículo de pequeño. Y los hombres parecíamos más pegados al suelo que en ninguna parte.… Como no nos esperaban con alojamiento preparado en el hotel, tuvimos que proceder inmediatamente al levantamiento de las carpas que nos servirían de habitación. A cinco chilenos, entre los cuales estaba Laguna, nos dieron una. La paramos en medio de maldiciones y juramentos. Corría un viento fuerte que azotaba la tela y la hacía hincharse como una vela. Cuando ya la teníamos casi armada, el viento la tumbaba. Laguna cogía su gorra, la tiraba al suelo, zapateaba un poco sobre ella, luego se tomaba la cabeza con ambas manos y levantando al cielo su cara, exclamaba:… -¡Por Diosito, Señor!… Esta parecía ser su exclamación favorita.… Por fin la carpa quedó en estado de habitarla y nos repartimos el pedazo de terreno, sembrado de piedras del tamaño de un puño, que utilizaríamos a modo de blanda cama. Extendimos nuestras ropas en el suelo. Laguna nos miraba hacer. Alguien preguntó:… -¿En qué irá a dormir Laguna?… Este lo miró y bajó la cabeza avergonzado. Nada que denunciara la presencia de una prenda de vestir o de cama había en su equipaje, que llevaba envuelto en un pañuelo.… Cuando nos acostamos, Laguna estuvo un momento parado, con expresión de hombre indeciso; conversaba y fumaba. Luego se decidió y sin hacer ningún preparativo se tendió en el desnudo suelo, al lado mío. Yo quise ofrecerle mi cama, pero el temor de avergonzarlo me hizo desistir. Se apagó la luz. Con los ojos abiertos en la sombra, tendido de espaldas en mi lecho, conversé un momento con él. A la luz de su cigarro veía a intervalos su nariz aguileña y su bigote lacio. Después, insensiblemente me quedé dormido. Desperté al cabo de unas horas y mientras orientaba mi pensamiento escuché los ruidos de la noche. Afuera el viento, muy frío, parecía aullar como un animal aguijoneado. El rumor del río aumentaba con su rodar de piedras aquel grito prolongado del viento. La carpa crujía violentamente. En medio de toda aquella sinfonía salvaje percibí un sonido humano. Pensé que alguien rondaba, tal vez perdido, alrededor de la carpa e incorporándome en la cama escuché con atención. Pero no era afuera. Era al lado mío. Laguna, dormido seguramente helado de frío, castañeteaba los dientes y se quejaba.… -Laguna…… No me contestó.… -Laguna.… Silencio.… -Laguna.… -¡Ah!… -¿Qué le pasa?… -Tengo frío, hermanito.… -Acuéstese aquí.… -No, gracias.… -Venga, hombre.… Se levantó y empezó a desnudarse. De repente oí un sollozo y Laguna lo comentó diciendo:… -Yo soy un roto muy fatal.… Después, como un perro, buscó la cama y se acurrucó entre las ropas, tiritando.… -Hermanito…… -¿Qué quiere?… -Muchas gracias.… No contesté. Laguna suspiró, se movió un poco, se encogió, seguramente hizo una de sus muecas acostumbradas y por fin se durmió. Yo escuché un momento su respiración, cortada a trechos por suspiros, y luego me dormí.… Al otro día empezó el trabajo. Se trataba de hacer túneles para resguardar la línea de las nevazones y los pequeños rodados. El trabajo era fuerte, pero como el frío también lo era, ambos se neutralizaban con gran alegría nuestra y satisfacción del inglés.… A los diez días de estar allí, nuestros rostros habían cambiado completamente. El frío quemaba la piel, la rajaba; la cara se despellejaba, las pestañas caían quemadas también y a todo este trabajo de destrucción y transformación contribuía el hecho de que nadie se lavara la cara sino los domingos. El agua era tan helada que nadie se animaba a hacerlo. Solamente los días de descanso se calentaba agua y se procedía a una limpieza, minuciosa por parte de unos, somera por la de otros. Además, nuestras ropas viejas y sucias, los ponchos oscuros y las barbas crecidas, aumentaban el cambio, haciéndonos aparecer, a los ojos de cualquier viajero erudito, como descendientes directos de una familia de trogloditas.
*** *** ***
 … A los quince días de estar ahí le sucedió la primera desgracia a Laguna, si es que desgracia puede llamarse lo que voy a narrar. El ya lo extrañaba; me decía:… -¿No le parece raro que no me haya pasado nada?… Y arrugaba la nariz.… Fue un día jueves. El día anterior había nevado y el frío era intenso. Trabajábamos en una zorra y Laguna era el "bandera". Su trabajo consistía en ir delante de nosotros, a distancia de una cuadra, llevando una bandera roja con la cual anunciaba la proximidad del tren.… Veníamos con una carga de madera. Cuando llegamos al sitio en que debíamos descargar, vimos que Laguna estaba sentado detrás de un peñasco y bien arrebujado en su poncho. Silbaba monótonamente:… - Fi…, fi…, fiiii…… Le dijimos algunas bromas y empezamos a descargar. En los ratos que descansábamos, Laguna nos advertía su presencia con el fi fi de su silbido. Corría un vientecillo que cortaba las carnes. De repente Laguna dejó de silbar. No paramos en ello la atención y cuando terminamos uno gritó:… - ¡Ya, Laguna, vamos!… Pero Laguna no contestó.… - ¿Se habrá quedado dormido? Vamos a darle una broma.… Uno de los compañeros fue sigilosamente hacia él. Cuando estuvo delante, levantó el poncho como para pegarle. De pronto se inclinó, miró fijamente a laguna y alzando los brazos gritó:… - ¡Muchachos, vengan!… Corrimos. Cuando llegamos, Laguna, con la cabeza inclinada sobre un hombro, sonreía dulcemente como si soñara. Se estaba helando. Lo levantamos violentamente y mientras uno lo sujetaba, descargamos sobre él una verdadera lluvia de ponchazos, pellizcones bofetadas y creo que hasta puntapiés. Al cabo de un rato abrió los ojos y nos miró atontado. Le refregamos la cara con nieve y le seguimos pegando. De pronto gritó:… - ¡Ya está bueno! ¡Ya está bueno!… Y salió corriendo. Como un caballo que ha estado largo tiempo atado, Laguna daba saltos, tiraba puntapiés, se revolcaba en el suelo, lanzaba fuertes puñetazos, hacía mil contorsiones y, por último, variando el ejercicio, cantó, mientras se acompañaba de un furioso zapateo:Suspirando te llaméY a mí llamado no vienes;Como me ves sin trabajoTe haces sorda y no me entiendes.… Hasta que cayó al suelo, jadeando como una bestia.
*** *** ***
 … Mientras tanto, el trabajo adelantaba rápidamente. Ya en algunos sitios la vía estaba cubierta por los túneles. Se hacían hoyos en el suelo, se metían en ellos enormes postes, éstos se juntaban por medio de una trabazón de madera y luego todo se revestía de planchas de zinc. Como el terreno era pedregoso, muchas veces en los hoyos se encontraban gruesos peñascos que era necesario partir con dinamita. Todos los días, a la hora del almuerzo o de la comida, fuertes detonaciones rajaban el silencio de la cordillera. Los estampidos resonaban contra los cerros más cercanos y éstos devolvían un eco que chocaba en otros, sucesivamente, hasta convertirlos en un trueno prolongado y profundo.… A consecuencia del accidente anterior, la movilidad de Laguna se acrecentó extraordinariamente. El miedo a helarse nuevamente lo hacia andar en un perpetuo entrenamiento físico. Saltaba, corría, bailaba y zapateaba.… ¡Pobre Laguna! Verdaderamente, era fatal. Un día cayó un poste; todos corrieron, Laguna más que nadie; pero, al ir corriendo y mirar hacia atrás, tropezó en un durmiente de la vía y el filo de otro casi le quebró una pierna. Otro día lo llevaron preso sin causa alguna y lo tuvieron todo el día haciendo un camino en la nieve, entre el cuartel y la estación, en medio de un fuerte frío. Parece que esto era un recurso de que se valían los guardias cada vez que la nieve tapaba el camino.… Después los acontecimientos se precipitaron y la fatalidad se apretujó más sobre su cabeza de roedor.… Andábamos trabajando en la zorra y volvíamos de Las Cuevas con una carga de ochenta planchas de zinc que pesaban once kilos cada una. Como de la estación al campamento la vía tenía un profundo declive, largamos los frenos y la zorra se precipitó velozmente hacia abajo. Con el impulso que traía, ayudado por la pesada carga y por la pendiente de la línea, el vehículo se cargó. Agarró tal velocidad, que un poco más allá del puente del río los postes y las rocas pasaban ante nuestra vista con tal continuidad, que parecía que entre ellos no había ninguna distancia. Cuando quisimos frenar, la zorra no obedeció y de esa manera pasamos por el campamento en una carrera trágica. Yo iba en el freno delantero y Laguna en el de atrás. Ya la peonada corría detrás nuestro, gritando:… - ¡Tírense! ¡Tírense!… Uno gritó:… - ¡Hay que tirarse!… Se envolvió la cabeza con el poncho y saltó. Dio una vuelta en el aire y luego pareció hundirse en el suelo. Otro de los peones cayó de lado y quedó inmóvil. El tercero quedó parado después de describir un círculo que habría causado admiración a cualquier geómetra. Yo tiré mi poncho y luego me arrojé de espaldas al vacío. Caí de bruces. Cuando levanté la cabeza, la zorra iba a una cuadra de distancia. Laguna iba parado en el freno; su poncho oscuro se agitaba a impulsos del viento como una bandera de muerte. La boca de un túnel pareció tragarse al hombre y al vehículo, que después de un instante reaparecieron por el otro lado. Todos corríamos detrás. De repente, el freno resbaló, Laguna vaciló y por un segundo sus manos arañaron el vacío. Luego cayó de boca. A los treinta metros, en una violenta curva de la vía, la zorra saltó y las planchas de zinc se clavaron en los postes. Cuando llegamos, Laguna yacía a un costado de la línea. Había caído sobre la cremallera y del golpe se le saltaron casi todos los dientes. Después rebotó y cayó en una acequia, en cuyo filo se hizo dos heridas en la cabeza. Tenía la cara llena de sangre y respiraba quejumbrosamente. Al otro día se lo llevaron al hospital.
*** *** ***
 … A los pocos días, antes de terminarse los trabajos del túnel, yo bajé a Mendoza. Había sido hablado para invernar, como peón, en una estación situada entre Las Cuevas y Puente del Inca, y necesitaba comprar ropas de invierno. Cuando quise volver, la Compañía me negó el pasaje por no presentar una autorización del jefe o del capataz. Como mi ropa había quedado allá, resolví regresar a pie. Me uní con dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje, saliendo de Mendoza una noche de abril. Después de tres días de viaje, llegamos al campamento y allí me encontré con Laguna, que ya había vuelto del hospital. Estaba visiblemente cambiado. La cara se le había hecho más pequeña, tenía la boca hundida a causa de la falta de los dientes, y toda su persona parecía estar inclinada bajo un peso invisible. Me llamó a su lado y me dijo casi llorando:… - Hermano, vámonos a Chile. Siento que si me quedo aquí me voy a morir.… Lo pensé y me decidí. Le dije que sí. Se alegró tanto que me dio un abrazo. Esperamos la noche para salir. De día era peligroso pasar porque había nevado y el camino del cuartel a la estación estaba tapado. Los peones nos dieron carne, queso, charqui y café. A unos cuantos arrieros que venían de Chile les preguntamos si el tiempo era bueno en la cordillera y nos contestaron que el viento que corría no era fuerte y que la nieve caída era muy poca.… A las nueve, después de efusivas despedidas, partimos los cuatro: Laguna, los dos anarquistas y yo.… Había nevado bastante y el camino estaba tapado. Nos orientamos por las luces de la estación. Atravesamos un pequeño puente y empezamos a buscar el camino ancho. A las dos cuadras nos perdimos. Por fin, después de varias vueltas, encontramos la buena ruta y empezamos a subir. A los mil metros de altura empezó a nevar fuertemente. La noche era oscurísima. Caminábamos un trecho y descansábamos. El peso de nuestra ropa, que llevábamos a la espalda, nos fatigaba un poco. No hablábamos. Laguna iba adelante con la cabeza gacha y silbando despacito. De vez en cuando, con un dulce dejo de pena, cantaba:Dos corazones tengoPara quererte; uno tengo de vida y otro de muerte.… De repente se detuvo y nos dijo:… - Oigan.… Escuchamos. Un ruido profundo y sostenido llegó hasta nosotros. De pronto el ruido se trocó en un clamor casi humano. Parecía que una garganta enorme, de voz ronca, gritaba en la cumbre.… Laguna dijo:… - Es el viento.… El era. Llegaba loco, furioso, estruendosamente. Después de un momento, el clamor subió a rugido y éste se multiplicó en todos los tonos. Golpeaba en las rocas, saltaba de quebrada en quebrada, se azotaba contra un cerro y rebotaba en otro. Parecía que un ejército de leones bajaba rugiendo hacia el llano. Era horrible y hermoso.… Como íbamos a favor de un cerro, no lo sentíamos en nuestros cuerpos, pero, al dar vuelta el camino, el viento nos detuvo como una mano poderosa. Daban ganas de gritar y de llorar. La sangre zumbaba bajo la impresión de este emocionante e invisible espectáculo. El viento subía rabiosamente desde el lado chileno, llegaba a la cumbre y se derrumbaba poderosamente hacia el llano argentino.… Nos detuvimos a conferenciar. Hablábamos en voz baja, como temiendo que el viento nos oyera. Volver era peligroso. Nos exponíamos a que el viento nos cogiera de espaldas y nos lanzara cerro abajo, como a las mulas cargadas. Decidimos seguir. Y nos lanzamos al camino. A los pocos pasos nos detuvimos, ahogados. La fuerza del viento era tal, que nos impedía arrojar el aire absorbido en la respiración. Laguna gritó:… - ¡Tápense la boca con un pañuelo!… Seguimos su consejo y pudimos respirar. Caminábamos de lado para ofrecer menos blanco al viento. A los tres mil ochocientos metros nos detuvimos indecisos. Un pequeño rodado había tapado el camino, y en lugar de la línea recta de éste, sólo se veía una blanca raya oblicua que bajaba vertiginosamente hacia la quebrada. La nieve, endurecida, era resbaladiza como jabón.… - Hasta aquí llegamos.… ¿Cómo pasar? No traíamos ni un miserable palo con que ayudarnos. Uno de los anarquistas, llamado Luís, dijo:… - Es preciso pasar.… Sacó un largo cuchillo y se lanzó sobre aquella raya, en cuyo fin la muerte abría la boca enorme de la quebrada.… Inclinados bajo el viento, lo miramos pasar. Clavaba el cuchillo, agarrado a éste daba un paso, se tendía en la nieve, sacaba el cuchillo, lo clavaba, daba otro paso y poco a poco se alejaba de nosotros. De repente resbaló y rodó un metro. Lanzamos un grito. El hombre quedó un momento inmóvil y luego empezó a subir, arrastrándose, hasta que logró asirse del cuchillo que había quedado clavado. Demoró veinte minutos en atravesar los ochenta metros del rodado.… Después pasé yo. Nunca, como aquel momento, me he sentido más cerca de la muerte. Apretados los dientes, hincando con todas mis fuerzas los zapatos en la nieve, buscando en la sombra los hoyos abiertos por el cuchillo del anarquista, atravesé aquel camino angustioso. Caer era rodar mil o dos mil metros hasta quedar convertido en una cosa sin nombre. Cuando llegué al camino, permanecí un momento desorientado y luego me lancé a correr hacia la casilla del Cristo Redentor. Allí estaba Luís. Con fósforos hicimos arder papeles y nos calentamos las entumecidas manos.… - ¿Y los otros?… - Ya vienen.… Esperamos un largo rato y no aparecieron.… - ¿Se habrán perdido? Vamos a buscarlos.… Salimos y gritamos.… - Si han seguido hacia delante es inútil gritar. El viento nos devuelve los gritos.… Recorrimos los alrededores y de pronto oímos una voz que llamaba a lo lejos. Buscamos al que gritaba y encontramos al otro anarquista, abrazado a un poste de los que marcan los límites de Chile y Argentina. Lo levantamos y lo sacudimos un poco hasta que se repuso.… - ¿Y Laguna?… - No sé; cuando yo llegué a este lado del rodado, él empezaba a atravesarlo.… - Habrá seguido.… - No; no ha seguido. Debe haberse perdido.… Una enorme angustia me subió del corazón a la garganta y corrí como un loco, gritando:… - ¡Laguna! ¡Hermanito!… Pero el viento me devolvía sarcásticamente los gritos.
*** *** ***
 … Al otro día, mientras bajábamos, busqué por todas partes los rastros de Laguna. Pero seguramente la nieve había tapado sus huellas, porque ni en el camino, ni en las quebradas, ni en ninguna parte la marca de un pie o de un cuerpo quebraba la armoniosa tersura de aquella inmensa sábana, bajo la cual, seguramente, Laguna dormía su último sueño.… - ¡Pobre roto fatal!

 

Canto y baile
[Cuento. Texto completo]

Manuel Rojas

 

Los muebles de aquel salón de baile eran tapizados con brocato color rojo; rojo era también el papel que cubría las paredes y roja la alfombra que, después de orillar de encarnado las patas de las sillas y sillones, terminaba súbitamente ante el piano. En las ropas de las mujeres de aquel salón de baile predominaba igualmente el color rojo. Los espejos, cuatro grandes, colocados uno encima del piano, otro al fondo, en la pared contraria a la que ocupaba el primero, y dos frente a frente en las paredes restantes, recogían y multiplicaban aquel tono como una sinfonía en rojo, tal vez si conscientemente organizada por la dueña de casa, que no ignoraría, ya que eso formaba parte de su conocimiento del negocio, que el color rojo influye en los nervios, excitando a los apacible y enloqueciendo a los irritables.

El piano, negro, alto, profundo, destacándose entre el rojo, semejaba un catafalco contrariado, constreñido, a pesar de su seriedad, a presenciar aquella orgía ultrarroja. A su lado había una mesilla vacilante con cubierta de lata, donde las mujeres acostumbraban a tamborilear con la palma de las manos para evitar el baile. Parecía una desordenada y pequeña murga al lado del piano.

El salón tenía forma rectangular; dos puertas se le abrían en un mismo muro. Los muebles de aquel salón de baile eran viejos; pero firmes, como hechos para soportar la caída de cuerpos vacilantes y cansados; únicamente su brocato rojo claudicaba ya, deshilachado y un poco desvaído, y los muelles, molestos por la presión de tantos años, se erguían amenazadores e hirsutos bajo la tela lustrosa. La alfombra, gastada por los millares de pies que habían bailado y zapateado sobre ella, mostraba algunos flecos rojizos.

Cuatro mesitas de color negro, que hacían, con su color, menos sensible la soledad obscura del piano, extendían sus cubiertas opacas en los espacios que quedaban libres entre los muebles.

De día el salón permanecía desierto y los grandes espejos, vacíos de imágenes móviles, se miraban entre sí, con ojos claros veteados de rojo, como personas que no tuvieran nada que hacer. El salón y sus muebles, el piano y las mesitas se multiplicaban en ellos a sus anchas.

Pero de noche... De noche las lunas claras se llenaban de imágenes, negras o blancas, que se movían dentro de ellas y a través de ellas como grandes peces en un estanque con algas rojas y negras, y a veces eran tantas las imágenes, que los cuatro espejos no bastaban para reflejarlas y retenerlas a todas.

Se llegaba al salón después de atravesar un estrecho y obscuro patio, en cuyo centro varios bambúes estiraban sus delgadas cañas verdes. A ambos lados del patio se abrían las puertas de los cuartos de las mujeres, cuartos que no estaban amoblados sino por una cama, un velador, una silla y un bacín de fierro enlozado.

La puerta de calle era maciza y ancha y una luz roja llameaba en lo alto de su ceño adusto. En una de sus hojas había una ventanilla enrejada, que servía para mirar desde dentro a los que desde fuera llamaban. Una gruesa tranca la atravesaba de lado a lado. Al entrar al zaguán se veía, a la izquierda, por el vano de una puerta que no estaba nunca cerrada, la habitación de la dueña de casa; un catre grande, bronceado, adornado de cintas y encajes, con sobrecama de seda roja y amplios almohadones, alzaba en el medio de esta habitación sus brillantes varillas.

El patio, de noche, estaba siempre obscuro y únicamente lo alumbraban de modo ambiguo los resplandores que salían por las puertas del salón de baile; al fondo estaba el depósito de los licores, dos o tres cuartuchos destinados a usos menores y una pared de escasa altura, límite último de la casa de canto y baile de doña María de los Santos.

***

A las ocho y media de la noche de aquel día sábado, empezaron a llegar, en hilera alternada, los parroquianos de la casa. Algunos venían en coche, baja la capota; cantaban y gritaban, golpeando las palmas y accionando violentamente; la obscura calle se llenaba con sus aullidos. Otros llegaban a pie, en grupos vacilantes. Golpeaban la maciza y sorda puerta, que devolvía un sonido opaco, como de tronco de árbol; se descorría la placa de hierro del ventanuco y una voz de vieja inquiría:

-¿Quién es?

Esta pregunta era nada más que una fórmula, pues fuera el que fuera con tal que no fuera policía, la puerta se abría en seguida. Contestaban todos a una y nada se entendía, pero el hecho de que no se entendiera nadie equivalía a una clara contestación. Se corría la tranca, se abría luego la puerta lentamente y los hombres se hundían en la obscura oquedad del zaguán. La puerta se cerraba despacio tras ellos.

Así fue absorbiendo la casa a sus parroquianos. Algunos salían poco después de haber entrado dando como excusa la excesiva cantidad de personas que llenaban el salón o la ausencia de la mujer que preferían.

Desde el zaguán se oía ya la algazara del salón, un ruido espeso de música, de zapateo, de gritos, de jaleo y de voces. La voz de la mujer que tocaba el piano y cantaba, la tocadora, se elevaba agudamente por encima del tumulto, con acento desgarrador; parecía que la maltrataban o la herían, arrancándole gritos de dolor: ¡Ay, ay, ay!

Si yo llorara...
El corazón, de pena,
se me secara.

El ritmo del baile era siempre el mismo; únicamente cambiaba la letra de sus coplas. Era un ritmo vivo e impetuoso, pero idéntico, que vibraba en el aire como una sola cuerda de un solo tono, saliendo después hacia el patio, envuelto entre los gritos y los zapateos y perdiéndose en los rincones. Un tamborileo claro y seco, hecho con los nudillos de los dedos sobre la caja de una guitarra, surgía en los espacios que dejaban vacíos el canto y la música. En ese tamborileo, alma verdadera del baile nacional, la cueca, que marcaba un ritmo monocorde y constante, estaba el encanto y la atracción de él. Algunas manos tocando sus palmas y otras sonando sobre la vacilante mesilla con cubierta de lata, ayudaban a animar el baile que sin tamborileo y sin palmadas habría cerrado sus alas, dejando caer al suelo, como un murciélago, su ritmo monocorde.

Bailaban los hombres con los ojos bajos, serios, como si cumplieran una obligación ineludible; únicamente en las vueltas, de pasada, mientras el hombre acariciaba a la mujer con su pañuelo arrugado, ambos se sonreían, como quienes están cometiendo a escondidas alguna picardía. Después, los pañuelos daban vueltas en el aire y la seriedad recomenzaba. El ritmo impetuoso parecía dominarlos, ciñéndolos a su voluntad, impidiéndoles pensar en otra cosa que no fuera su seguimiento. El mundo exterior desaparecía para ellos; estaban unidos, mientras duraba el baile, por una especie de compromiso contraído ante una persona que temieran. Muy pocos, casi ninguno, tenía en sus movimientos vivacidad y entusiasmo.

Pero el final del baile los libertaba y una explosión de gritos y aullidos surgía de sus gargantas, haciendo oscilar la araña de cuatro luces que pendía en el centro del salón y empañando los espejos con un vaho caliente. Las manos se extendían ávidamente hacia los grandes vasos llenos de vino, colocados encima de las mesillas negras. Algunos se vaciaban el licor en la garganta, no bebían; estaban dominados por el deseo de embriagarse pronto y perder la timidez y su cordura, timidez y cordura que les impedían desatar toda la puerilidad y locura que bullían en sus corazones. Pero poco a poco todo se iba andando, andando sin prisa y cerca de la media noche ya el salón era una reunión de posesos que se retorcían de embriaguez, bailaban a saltos, desdeñando el ritmo imperioso del baile, gritaban, reían a gritos, abrazándose, llorando. Con las ropas en desorden y mojadas de chorreaduras de licor, revueltas las apelmazadas cabelleras, los rostros congestionados, las narices anhelantes y las bocas llenas de una saliva clara que no podían controlar, rodaban al suelo, hipando. Las mujeres se los llevaban a sus cuartos, vacilantes, los ojos vidriosos, mudos como idiotas.

En medio de este derrumbe, una voluntad y un espíritu permanecían firmes: los de doña María de los Santos. Sentada junto al piano en una amplia silla de paja, desbordante de grasa y de trapos, contemplaba la barahúnda humana; ella no se entusiasmaba, ella no reía, ella no bebía, no hacía otra cosa que cobrar lo que se consumía. Sus ojos sin expresión controlaban el negocio; ni una gota de vino se bebía o se derramaba sin que hubiese sido religiosamente pagada. Su mano derecha bajaba y subía desde el brazo de la silla hasta el bolsillo de su delantal, que poco a poco se hinchaba como un sapo, lleno de dinero.

Así se iba la noche...

***

Después de medianoche, el salón se despejó bastante; cuatro horas de baile y de licor eran más que suficientes para derribar al más fuerte. Sin embargo, algunos, cuyas cabezas sin duda eran de fierro o de madera, persistían aún; pero no bailaban, bebían solamente, conversando entre ellos, tartajeando, riéndose y profiriendo tremendas palabras. Las mujeres habían sido olvidadas; ellos no venían por ellas, venían por beber, por embriagarse, y las utilizaban al principio como un medio de lograr su objeto. Hasta el baile era para ellos un pretexto para emborracharse. Sentadas, inclinaban ellas sus humildes cabezas, esperando una nueva remesa de hombres que vinieran a buscar allí su desequilibrio y su demencia alcohólica y a los cuales ayudarían en la tarea. Ese era su papel. No existían allí como mujeres, simplemente como mujeres, sino como medio de alcanzar esto o lo otro.

En la calle se oían gritos; los hombres que salían de la casa se quedaban parados al borde de la acera, embotados, sin conciencia alguna; permanecían así un instante, procurando darse cuenta del sitio y estado en que se encontraban, y cuando al fin se orientaban, desaparecían gritando en la noche. Otros peleaban, cayendo al suelo y sonando sordamente como sacos llenos de papas y de sandías.

Tres o cuatro dormían sobre los sofás del salón; inútiles fueron los gritos y los remezones induciéndolos a despertar y retirarse. Sus camaradas, aburridos, los habían abandonado y allí estaban, como si estuvieran fosilizados, pálidos, recorridos de improviso por largos escalofríos que les hacían rechinar los dientes.

La casa permaneció así, en silencio, durante largo rato. Las mujeres dormitaban; los borrachos, ahítos ya y callados, no hacían ademán alguno de retirarse; ahí estaban, sin saber por qué estaban allí, pues ya no sentían deseo de nada, ni de beber, ni de bailar, ni de hablar. Se miraban entre sí, dirigiéndose forzadas e inexplicables sonrisas. Pero de pronto, el obscuro patio se llenó de voces claras, firmes, alegres. La dueña de casa, que no bebía, ni bailaba, ni dormía, animó a las mujeres:

-Ya viene gente...

-Las mujeres, soñolientas y destempladas, se acercaron a la puerta. Una fila de individuos penetró al salón. Al verlos, la patrona se encogió de hombros y dijo:

-La que faltaba, la palomilla.

Era, en efecto, la palomilla, la terrible y peligrosa palomilla; pero no la formada por chiquillos vendedores de diarios, lustrabotas y raterillos, sino otra muy distinta: la palomilla cuchillera, la fina palomilla, que mariposea en la noche bajo la luz de los faroles suburbanos y desaparece al amanecer en los zaguanes de los conventillos, la palomilla que roba cuando tiene ocasión de hacerlo y mata cuando la dejan y cuando nadie la ve, y que, sin embargo, no es ladrona ni asesina de profesión, faltándole audacia para lo primero y valor para lo segundo, pues no es ni valiente ni audaz sino en la obscuridad y en la soledad de las callejuelas apartadas.

La dueña de casa tenía razón al no recibirlos con agrado; la palomilla no es generosa, puesto que es pobre de condición y miserable de espíritu; no es amable, puesto que es brutal; no es tranquila, puesto que es maleante. Gastaban poco y se divertían mucho, pero su diversión era fría como una daga y triste como una máscara.

Eran seis hombres y los seis iban vestidos de una manera desaliñada y pobre. Camisa sin cuello, gorra o sombrero, ropas lustrosas y deshilachadas; algunos calzaban zapatos gastados y rotos, otros llevaban alpargatas; varios no tenían chaleco.

Uno de ellos se acercó a la dueña de casa. Era un hombre como de veintiocho años, alto y delgado, con movimientos de autómata en todo su cuerpo; los brazos le colgaban fláccidamente de los enjutos hombros; tenía un rostro grande, huesudo, lampiño, de color mate, linfático, sin expresión, de labios finos y descoloridos, entre los cuales asomaban largos dientes verdosos. Todo él daba una fuerte impresión de frialdad, que hacía encogerse a las mujeres como ante una culebra. Se llamaba Atilio, apodado "El Maldito", es decir, el cuchillero sin valor.

-Buenas noches, misiá María -dijo, con una sonrisa que quería ser jovial-. ¿Cómo le va?

-No tan bien como a vos. ¿Qué andan haciendo por acá?

-Venimos a visitarla; a divertirnos un ratito.

-¡Pero no vayan a pelear!

-No, somos gente tranquila...

-Sí, muy tranquila. ¿Cuántas veces han estado presos esos que vienen contigo?

Atilio se encogió de hombros y mostró sus dientes verdosos:

-Las cosas de misiá María... ¡Siempre tan tandera!

-Sí, no ves que yo no los conozco. ¿Cuándo saliste en libertad?

-El miércoles. Fíjese que me estaban echando la culpa de la muerte del Negro Agustín. ¡Tanto tiempo que no lo veo!

-¡Tanto tiempo que no lo veo! El día antes que lo mataran estuvieron aquí con él.

-Je, je ¡Las cosas de misiá María!...

-Bueno, ¿van a tomar algo?

-Sí, unos diez vasitos de vino. Aquí está la plata.

Extendió la mano, mostrando en la palma de ella un arrugado y sucio billete de diez pesos; pero la dueña de casa vaciló en tomarlos. A pesar de su avaricia, era generosa con la palomilla, pero esta generosidad era solamente un cálculo; regalándoles un poco de licor, se irían en cuanto lo terminaran, y como lo que ella quería era que se fueran cuanto antes, raras veces les cobraba. Además, con ello hacía méritos para que no le robaran. Por fin dijo:

-No, no me pagues; les regalo los diez vasos.

-Muchas gracias, señora María; siempre tan generosa con los pobres.

-Pero no peleen ni se roban nada.

-¡Cómo se le ocurre! No somos gente tragediosa...

-¡Hum!

Volvió a empezar la música y el baile; bailaban los palomillas en parejas, animándose unos a otros con ásperos gritos y palmoteando las flacas manos, que sonaban como delgadas tablas. Bailaban gravemente, dramáticamente, con una expresión trágica en sus rostros demacrados; hacían la menor cantidad posible de movimientos y sus piernas parecían pegadas unas a otras, de tal modo eran lentos y breves sus pasos. Exigían que la letra de los cantos fueran tristes, que no hablaran de amores alegres, ni de esperanzas sencillas; cuando las tocadoras no les daban en el gusto, cantaban ellos, acompañándose del piano, con voz blanca, sin tono, versos que parecían escritos en la cárcel o en el hospital: ¡Mi vida!

Solicito un imposible,
por un imposible muero;
imposible es olvidar
el imposible que quiero...

¡Ay, ay, ay! Y los que bailaban, al zapatear silenciosamente sobre la alfombra, con movimientos arrastrados y sin moverse de un mismo lugar, parecían hacer un agujero en el suelo.

Poco a poco se fueron animando. Al terminar de bailar, bebían moderadamente, haciéndose guiños de inteligencia. No servían ni una gota a las mujeres; el licor era para los hombres. Y ellas bailaban sin ganas, por obligación y por temor. De aquellos hombres no se podía esperar amor, ni generosidad, ni siquiera amabilidad; pero, tampoco había que olvidarlos o desairarlos, porque se podía recibir de ellos algo más duro y para ellas más temibles: una bofetada o una puñalada.

***

Una hora larga haría que aquellos seis hombres estaban allí, cuando penetró al salón un nuevo grupo de individuos, la mayor parte de ellos vestidos de negro, decentemente. La dueña de casa, que conocía a cada uno y a todos sus parroquianos, comentó:

-¡Bah! Primero la palomilla y ahora los ladrones... Se juntó el hambre con las ganas de comer...

Se habían reunido las dos ramas últimas de la fauna santiaguina: los palomillas y los ladrones. Cuando éstos entraron, bailaban Atilio y uno de sus compañeros. Los recién llegados se agruparon en la puerta del salón, observando y comentando.

-Son malditos. Fíjate cómo bailan.

-Ese que baila, el más alto, es el maldito Atilio.

-He estado preso con él en el mismo calabozo.

-Cuchillero fino.

-Pega a la mala, por detrás y a la segura...

Los otros, por su parte, hacían lo mismo:

-Son ladrones.

-Ese chico de bigotes es Tobías, el maletero.

-Ese alto es el Cabro Armando, llavero.

-Andan tomando.

-Vámonos -insinuó uno.

-¿Por qué? -interrogó Atilio, que terminaba de bailar-. ¿Qué nos pueden hacer ellos que nosotros no les hagamos? Además, aquí se trata de divertirse y no de pelear. Sigamos bailando...

Al ver a los ladrones, las mujeres palmotearon de contento. Para ellas el ladrón es siempre más amable y más generoso que el palomilla; gasta cuanto tiene y quiere que todos se alegren junto a él. Las mujeres los conocían bien y fueron hacia ellos, olvidando a los otros. Pero la dueña de casa, que conocía muy bien el carácter de unos y otros, intervino:

-No dejen solos a los niños; hay que atender a todos.

Las mujeres se rebelaron:

-¡Qué, esos rotos! Ni las gracias le dan a una cuando terminan de bailar, ni un traguito le sirven. Palomilla y basta...

Los ladrones pidieron una considerable cantidad de licor y pagaron en el acto. La zalagarda empezó de nuevo, pero ahora estruendosamente, con ímpetu renovador; los ladrones bailaban y cantaban, gritando con aturdimiento, riendo, cortejando a las mujeres, bromeando entre ellos. Eran muy buenos camaradas que se divertían juntos durante un momento, sin importarles el momento siguiente, que para ellos era siempre desconocido.

Entretanto, los palomillas quedaron olvidados en un rincón, bebiendo en silencio y mirando a mujeres y hombres con ojos de rencor. Hicieron dos o tres tentativas para que las mujeres bailaran nuevamente con ellos, pero no lo consiguieron; contestaban:

-Estoy tan cansada.

-Otro ratito...

-Estoy comprometida.

Se daban aires de señoritas. El maldito Atilio, que recibió una contestación semejante, apretó los dientes y se puso más pálido; los labios se le pusieron más delgados. Murmuró:

-Bueno está...

-Y volviendo hacia su asiento, dijo a sus compañeros:

-Afírmense, ñatos, porque de aquí alguien va a salir para los mármoles de la Morgue.

Los demás, que no tenían el avezamiento y la destreza de su camarada, se pusieron nerviosos, palpando inconscientemente los mangos de sus cuchillas, esperando el instante de la riña. Éste no se hizo esperar. En un salón lleno de hombres y mujeres de esa calaña, no había de faltar. Una de las mujeres, al terminar de bailar y desorientada por el griterío y el baile, equivocó la mesa de los ladrones con la de los palomillas y tomó un vaso, bebiendo un trago de vino; pero apenas había realizado este último movimiento, advirtió su error y miró hacia los maleantes. Doce ojos la miraban fijamente. Quiso pedir disculpas, pero antes de que lograra pronunciar una palabra recibió un insulto y un empujón que la estrelló violentamente contra uno de los ladrones. Y el maldito Atilio, de pie junto a la mesa, le gritó:

-¿Tenemos cara de tontos nosotros o crees que venimos aquí a regalarte el vino? Miren que niña...

La mujer, furiosa, contestó:

-¡Palomilla, maldito!

-¿Y qué más me sacas? -preguntó Atilio con sorna.

-¡Cobarde!

-¿Y qué más?

Un insulto brutal rebotó contra el rostro de madera de Atilio y éste marchó impetuosamente contra la mujer, levantando el brazo. Pero en ese instante un hombre se interpuso entre los dos. Era un hombre de baja estatura, pero grueso y musculoso, lleno de vivacidad y resolución en sus movimientos; su rostro moreno lucía un bigotillo negro y rizoso; los ojos eran grandes y llenos de fuego. Un diente de oro le relumbraba en la sonrisa, haciéndola más viva. Era la antítesis del maldito Atilio, frío y estirado como una raíz marina. Detuvo al maldito poniéndole una mano en el pecho y haciéndole retroceder.

-¿Qué pasa? -preguntó éste, asombrado.

-¡Eso es lo que digo yo, señor! ¿Qué pasa? -contestó el otro- ¿Para qué tanta bulla por un poco de vino? Yo se lo devolveré si tanta falta le hace y tanto lo siente. Tome...

Fue hacia la mesa y cogiendo dos vasos llenos de vino los colocó en la mesa de Atilio.

-Ahí tiene su vino; no llore.

Atilio se encogió como un gusano al ser tocado:

-¿Y quién le mete a usted en lo que no le importa?

-Me meto porque soy capaz de meterme. ¿O cree que el único capaz aquí es usted? Psché, qué niñito...

El tono del ladrón era agresivo y duro. Los demás presenciaban la escena sin intervenir, sorprendidos, tan rápido era el desarrollo de ella y tan enérgico su contenido. Estaban separados los dos grupos de hombres, y las mujeres, al fondo del salón, arrumadas al piano, parecían una parvada de pollos asustados. La patrona salió hacia el patio y desde allí observaba los acontecimientos, pronta a llamar a la policía.

-Pero Atilio, agachado, con los hombros encogidos, estiraba los brazos y abría las manos en un gesto de sorpresa:

-Bueno, pues señor, ¿qué le digo yo? Así será, pues...

Pero el otro no se dejaba engañar.

-No, no se encoja de hombros. Si yo le conozco... En cuanto me dé vuelta usted se me va a echar encima; pero a mí no, hermanito. Si es brujo me va a pegar por detrás; si no, no.

-¿Y con qué le voy a pegar yo?

-¿Con qué me va a pegar? Con su cuchilla, que la tiene en la cintura o debajo del brazo... Sáquela, ¿qué espera?

-Cuchilla... ¿De dónde saco yo cuchilla?

-Bueno, basta... Sigamos bailando -intervino uno de los compañeros del ladrón.

-Bailemos -contestó él. La tocadora se sentó al piano y empezó a tocar desmañadamente, sin quitar los ojos del espejo; las mujeres se rehicieron y la dueña de casa volvió al salón. Le parecía que el asunto había terminado. Sin embargo...

Tobías, el ladrón, que no quitaba ojo de las manos del maldito, quiso probarlo y se dio vuelta, dándole la espalda, pero observándole por el espejo; Atilio, que no esperaba sino este movimiento para proceder a su modo, sin sospechar que era una trampa que se le tendía, levantó rápidamente la mano hacia la axila del brazo izquierdo; pero Tobías se dio vuelta y se lanzó contra él, sujetándole el brazo derecho.

-¡Qué va a hacer, señor, que va a hacer!

-¡Suélteme! -gritó el otro, forcejeando, rabioso por haber sido sorprendido.

-¡Suéltese usted solo, si es capaz!

Pero el maldito se esforzaba inútilmente por soltarse; el ladrón lo tenía sujeto con mano de hierro. Tobías era mucho más bajo de estatura que Atilio, siendo, en cambio, más fuerte; su rostro enrojeció con el esfuerzo, mientras que el de Atilio empalidecía. La dueña de casa volvió a salir al patio y se fue directamente a la puerta. El asunto ya no tenía arreglo; alguien iba a quedar tirado en el suelo. De pronto, haciendo un violento esfuerzo, el maldito logró deslizar un poco el brazo y su mano apareció empuñando una cuchilla. Uno de los palomillas, más nervioso o más decidido que los otros, se lanzó hacia Tobías, pero recibió un puñetazo que lo derribó sordamente sobre la alfombra. Y el agresor, saltando al medio del salón y sacando una daga, gritó:

-Ya, Tobías, suéltalo, que yo lo afirmo.

Sin soltar el brazo derecho de Atilio, el ladrón dio un puñetazo en el rostro de su contrincante, empujándolo, al mismo tiempo que lo soltaba; luego saltó hacia atrás y gritó:

-¡Pásamela!

Recibió el arma e hizo frente a Atilio que se le venía encima, parándolo con un movimiento de su daga. Las mujeres salieron gritando.

-¡Y ahora, compadre Atilio, encomiéndese a su madre, porque usted no le volverá a pegar a nadie a la mala! -gritó Tobías.

Atilio tuvo miedo. Tenía costumbre de manejar cuchilla, pero no en esa forma y frente a un hombre apasionado como aquel; sin embargo, el hecho era inevitable y si no hería y mataba pronto, sería él el herido o el muerto. Se recogió sobre sí mismo y ocultó su arma bajo el sombrero, mostrando solamente la punta de ella asomada bajo el ala.

Los demás se dispusieron a pelear igualmente. Con los dientes y los puños apretados se miraban con rabia, dirigiéndose preguntas breves y agresivas:

-¿Y qué, pues, y qué?

-¿Y qué?

-¡Sácala!

-Sácala vos primero...

Un brazo volteó en el aire y los espejos recogieron un reflejo metálico. Tobías sorteando la puñalada, avanzó resueltamente, acercándose a Atilio, y en el momento en que éste echaba el brazo hacia atrás, su mano estiró el brazo, lo recogió y lo volvió a estirar y las dos veces su arma encontró el cuerpo del maldito. Atilio se encogió, cayendo pesadamente al suelo. Más pálido y demacrado que nunca, sus ojos miraban hacia un punto lejano. Tobías gritó:

-Tan diablo y tan maldito que eres y por dos chuzacitos que te pegué ya te estás muriendo...

Se oyó una voz de mujer que gritaba:

-¡La policía!

Uno de los ladrones cogió una silla y dio un fuerte golpe a la araña; se apagaron las luces y en la obscuridad nadie supo lo que pasó.

Cuando la policía, precedida de la dueña de casa, entró al salón, encontró en el suelo al maldito Atilio que se desangraba copiosamente y en los sillones a tres borrachos que dormían a pierna suelta. Los demás habían desaparecido.

Así terminó, en la casa de doña María de los Santos, aquella noche de canto y baile.

 

Modificado el ( sábado, 07 de agosto de 2010 )
 
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viernes, 30 de marzo de 2007
Aforismos

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LA MEDIOCRIDAD COMO MÁSCARA. La mediocridad es la más afortunada de las máscaras que puede llevar el espíritu superior, porque no hace pensar a la mayoría, es decir, a los mediocres en un enmascaramiento; y, sin embargo, por eso precisamente se la pone aquel, para no irritarlos y aún, no pocas veces, por compasión y bondad.

Modificado el ( viernes, 30 de marzo de 2007 )
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sábado, 17 de marzo de 2007
"EL SOLO HECHO DE EXPRESAR ES UN LOGRO"


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LATENTE REALIDAD
 
Sola con mis temores y dudas,
Siento una sensación de estremecimiento
Enriquecida de silencio y blancos pensamientos,
¿Es la realidad la que estremece mi vida?
Creo que es ella, vacilando en un destino
Creando lazos y sellando heridas,
Frecuente la percibo, encadenando mis visiones,
¿Es la esencia de mi ser, la que refleja la realidad que vive en mí?
Abatida en una guerra de emociones,
afloran mis deseos prejuiciosos
laberintos de salidas hoy en mi conciencia
Cansada de tanto asecho.

Paula Cabezas Rodríguez
(PUBLICADO EL 01-09-2005)

  
POEMA A NUESTRO ABUELO
 
Este poema es autoría de mis alegrías, tristeza que ronda mi intricado laberinto.
Aún navego en los recuerdos de mi infancia
de sombrero blanco con copa alta,
sus yanques por el camino
gastados están;
su bolsa llena de mariscos,
de alegrías y de penas,
a su lado su descendencia
entre juegos y esperanzas,
sus canciones, sus versos
llenos de rimas y ritmo
nos acompañan.
El huayno de su tierra
llora su ausencia,
el huayno, él nos enseñó, a cantar
las coplas alegres
de júbilo y dolor.

Para mis hermanos que espero les sirva de esfuerzo en otras tierras hermanas, hermanas de corazón.
Jaime Esquivel Silva
25/03/2004
(PUBLICADO EL 24-04-2005)

         
ASÍ PASO LA VIDA
 
Me siento en el sofá a mirar televisión,
Programa y programa, que me duele el corazón.
La noche avanza lentamente y me pongo a suspirar,
Hoy es otro día, pienso mucho y no puedo llorar.
Adonde estas, amor que no te veo caminar,
Hice esfuerzo para amarte y no te puedo amar,
Posiblemente es tarde para volver contigo
Me reprocharas pero me aceptaras como amigo.
Razón tuviste para alejarte de mí
Muy lejos la vida para ti es frenesí,
No importa, cada cual vive su destino
Serás feliz, yo continuare por mi camino.
Inquieto nací para permanecer en este mundo
Hay momentos que quisiera morir en un segundo,
Recapacito, reflexiono y empiezo a gemir
Estoy en mi aposento, luego voy a dormir.
A veces escucho música y la buena melodía
El bolero, la balada y el vals es melancolía.
La oscuridad, las tinieblas son para mí un espanto
Cerca no tengo familia en mis ojos tengo llanto.
 

Modesto Esquivel Cisterna.
03/02/02
Este poema fue enviado por una persona de un país vecino hermano, Perú.
(PUBLICADO EL 17-03-2005)
   
EL SER QUE ESQUIVABA LA LLUVIA
 
Te obligaron a salir
Las risas dentro predecían dolor
Tú caminaste temeroso observando el cielo
Un cielo que reflejaba el mar
La oscuridad avanzó rápidamente
En pocos segundos la muerte caía en miles de demonios
Demonios cristalinos que buscaban arrebatar tu vida
Los primeros impactos en la tierra
Te causaron yagas horribles
Muchas pupilas se golpeaban contra el vidrio
Tú corriste, desplazándote intrépidamente
Miles de estrellas te seguían
Tus movimientos acrobáticos te salvaban
Avanzaste sin saber dónde irías
Quizás sólo corrías en círculos
Una estela de sangre te seguía
El tiempo se detuvo
Una lágrima golpeo tu pecho
Tu cuerpo se desmoronó por completo
Una gran mancha marcó tu fin
Y las risas continuaron
Mientras la puerta se abría lentamente…

 
Job Sepúlveda
20-10-2006
(PUBLICADO EL 9-11-2006)

      
LA CAMELLO

 
Pasó mucho tiempo en la universidad quemándose los sesos para terminar trabajando en la feria, pero en realidad no le importaba. Su rostro flaco, camisa a rayas y jeans viejos y desteñidos no delatan su edad: era ochentero. Quizás por su melena se podía deducir un pasado pseudo-rockero, de cuando escuchaba sus discos de heavy metal.Como añoraba esa época, pese a toda la represión, andar en bicicleta hasta tarde, las micros viejas y coloridas.
Pensaba en todo eso mientras caminaba a la Vega Poniente, a cumplir su primera encomienda; ir a buscar un cajón de manzanas al el puesto del viejo Hernán Minuto.Al llegar a la Vega, se internó en sus pasajes de muros altos que semejaban un pequeño laberinto. Al fondo, en el último puesto encontró al viejo en su castillo de cajas y cajones, rodeado de altas pilas llenas de manzanas verdes.
 Cuando el flaco Ramiro se acercó, el viejo Hernán Minuto comenzó a reír a carcajadas…- Con esos bracitos no te podís ni tus guindas- dijo el viejo, mostrando un perfecto tablero de ajedrez en su dentadura y apuntando un tremendo cajón de manzanas verdes.El flaco miró con ojos desalentados su primera tarea, imposible como negar su débil estructura.- No te procupí cabro-, dijo, esto lo arreglamos en un minuto.
Del fondo de la bodega trajo una chirriante chatarra de bicicleta, modelo mundialmente conocido como Camello. El flaco vio que entre el moho, el artefacto aun conservaba restos de una pintura amarilla, cuyo pintor seguramente yacía hace rato bajo tierra junto al mecánico, diseñador y fabricante de la Camello bike.- Con esta si que vai a tirar pinta- dijo el viejo con orgullo.- Ahora andan todos los breas en mountain bike, y a estas maravillas no le ganaban ni las pisteras, ja ja!- se reía el viejo.- En esta subía a las lolitas en mi juventud- continuó - las subía aquí en el fierrito…-
El flaco se imaginó al Hernán Minuto engominado, de bigotes bien peinados y con traje a rajas en la Camello bike flamante, llevando quizá a su propia abuela y corriéndole mano como sin querer, la invitaba a comer un mote con huesillos. Pacientemente, casi con cariño el viejo amarró con alambre un carrito con ruedas de rodamiento a la ancestral bicicleta. Subió el cajón de manzanas al carrito y le dio una patadita a las ruedas.-Ya cabrito, súbete no mas- le dijo- pero cuídamela, mira que ya no quedan muchas!-Claro que no- pensó el flaco, si moisés ya no pedalea.Dándole las gracias, salio entre los pasajes capturando las miradas y oídos con la monumental sinfonía de fierros provocados por la vetusta bicicleta y el carrito.- La media bicicleta!- Dale agua al camello!- ponle aceite a esa guea!- le gritaban. Sin inmutarse comenzó a tomar el ritmo, chiiic, chiiic, sonaba cada pedaleo. Sintiéndose cómodo y tomado velocidad crucero rumbo a la Alameda, empezó a silbar. Se sentía bien, casi feliz, y estuvo a punto de tocar la envejecida campanilla. Avanzo unas cuadras,- con una tropa de perros vagos ladrando detrás- cuando de pronto algo en el suelo llamó su atención y estuvo a punto de caer al suelo al activar el freno-torpedo, punto culmine de la ingeniería ciclística.Se agachó y recogió un estirado billete de 5 lucas. Su cara se iluminó de sorpresa, hasta su sequito perruno parecía asombrado pues se miraban unos a otros en silencio.Guardo el billete en su bolsillo y siguió avanzando, tocando el billete de cuando en cuando como un amuleto.El ruido de la Camello le parecía haber aminorado, incluso la miró hacia abajo y tuvo la impresión de verla mas amarilla, más nueva. Y el mismo se sentía extraño, tocó nuevamente el billete para darse tranquilidad pero lo sintió diferente, algo había cambiado, su textura no era la misma, era más gruesa, casi como papel de diario. Manejando con una mano, saco el billete y pensó que había enloquecido; en su mano tenia un billete de 10 escudos. Era un billete grueso, café, antiguo. Imposible. Estaba seguro de lo que vio (pregúntale a los perros). Miró los anuncios y se quedó embobado, en la calle había antiguos letreros de Mejoral, bebida Castell y cigarros Liberty. Los nervios lo traicionaron y se desvío al medio de la calle. Un enorme micro verde con blanco Matadero-Palma lo volvió a su pista de un bocinazo.-Cuidao chiquillo de mércale- le gritó el chofer. El miro a la cara de desaprobación de los pasajeros, pero más miró sus trajes y antiguos peinados de época. Paró en una esquina, saltó de la bicicleta y se tapó la cara con las manos. No lo creía… se toco los labios y sobre ellos tenía un grueso bigote bien recortado. Miró sus pies y tenían unos lustrosos zapatos de charol y llevaba puesto un elegante traje a rayas. El último lapso de cordura naufragó y comenzó a caminar primero mirando el suelo, luego corriendo con los ojos cerrados hasta que inevitablemente se golpeó la cabeza con algo….Despertó en medio de bufidos, ladridos y languetazos, rodeado de su fiel tropa canina.La bicicleta estaba caída encima de su pecho y el carrito, cajón y manzanas volcadas más allá.Se incorporó rápidamente, tomo la Camello y pedaleó a toda velocidad hacia la Vega. Llegó al final de las callejuelas donde estaba el puesto del viejo y vio muchas personas reunidas… y vio al viejo Hernán tendido entre todos ellos con los ojos cerrados para siempre. Un anciano locatario se acercó a él:- El viejo te dejó un recado- dijo. – "cuando venga el joven con mi bicicleta, dale las gracias por llevarme de paseo…"   
Chinaski

(PUBLICADO EL 9-11-2006)

PUNTOS DE VISTA

Todavía no sabía como se dejó convencer. Quizá fue esa apelación milenaria a la virilidad masculina. El partido organizado por los peloteros del barrio, lo reclutó justo en medio de la juerga de la noche anterior. Los maricones no juegan a la pelota- fue la afrenta. Claro que juego!. Fue la respuesta, aleonado por el vino barato y los demás juerguistas (los cuales caballerosamente declinaron la invitación, aduciendo a que alguien deberá realizar el sacrificado trabajo de estar en la barra) El Tomate a sus dieciocho años, nunca había jugado a la pelota, la experiencia más cercana que tenía era de chutear piedras en la calle. Ahora. Se sentía extraño, casi irreal, al mirar esa cancha seca, desierta, lunar, en la cual se formaban espejismos debido al calor. El “traje” de futbolista le picaba como diablo y los zapatos le doblaban los tobillos mientras avanzaba. Miró a su izquierda y vio el oasis en el que se encontraban los ex juerguistas, ahora convertidos en devotos barristas; sentados a la sombra, en banquitas esperando a que un gran trozo de hielo abrazado a las cervezas, hiciera su efecto. Pero su destino era otro. Ya estaban todos en la cancha, los peloteros y él, haciendo flexiones y precalentamiento y los rivales, pensó, esperando ansiosamente pegarle unas buenas patadas y codazos. -Puntero izquierdo. Le dijo secamente el cabezón Ramiro, capitán y futbolista profesional retirado. Pitazo inicial del flaco Sergio, arbitro con una buena cerveza en la mano. Comenzó la acción. Gritos, patadas, ofensas. Corre hueón. Le grito alguien, y el corrió. - pal otro lado jetón!. Su sentido de supervivencia le indicó que debía correr en la otra dirección y mantenerse lo mas alejado posible de la acción, pero al instante vio que Siete culos desde el fondo de la cancha, enviaba un pase largo y la pelota en el aire, comenzó a tomar una oscura dirección hacia él.No alcanzó a reaccionar cuando la pelota lo golpeó en el pecho como un martillazo, haciéndolo perder el equilibrio, los zapatos, acostumbrados a estos menesteres, se aferraron clavándose al piso.
Tras el golpe en su vista aparecieron manchas y luces y no veía más allá de un metro de distancia, solo pudo ver que la pelota chocó con su pie derecho. Cinco peloteros cayeron sobre él y el peso insoportable en su espalda lo hizo caer al suelo y comer tierra. Antes de vomitar y perder la conciencia, alcanzó a escuchar gritos de júbilo Goool! Casi dentro de su oído…
 Muchos comentaron después el maravilloso gol que se mandó el Tomate y se puso en duda que no supiera jugar.
Incluso se llegó a comentar de un talento natural no explotado. Lo hubieras visto Chico leo; Pelota en profundidad del Siete culos y el Tomate la recibe con una maravillosa amortiguación con el pecho, en el momento en que el arquero salió al achique y un defensa iba con el hacha en alto a cortar, el Tomate, levantando la cabeza, le puso a la pelota un toque magistral que la hizo curvarse mágicamente y entrar al arco en un ángulo casi imposible, que solo saben lograr los grandes del fútbol.

 

Chinaski
(Publicado el 8 de marzo del 2007)
Modificado el ( sábado, 12 de diciembre de 2009 )
 
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jueves, 15 de marzo de 2007


Terrorismo Literario


El terrorismo literario hace referencia a la entrega gratuita de libros en espacios públicos, tal iniciativa tiene como finalidad unos de los principios básicos del portal Proletario; la cual, es la entrega de cultura gratuita al pueblo en su totalidad.

 

Primer Acto de Terrorismo Literario

El primer acto se llevó acabo en la estación del Metro Lo Ovalle, los viajeros contemplaron impávidos el transcurso del acto terrorista.

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La bomba utilizada fue un libro de cuentos de Manuel Rojas


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El público mira consternado como los terroristas trabajan


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Cientos de ojos se exaltan ante la huida de los terroristas


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El terrorismo nuevamente ha triunfado, algún escolar o simple pasajero disfrutará de varios cuentos que de alguna manera, marcará el inicio de un nuevo romance con la literatura.


Modificado el ( sábado, 12 de diciembre de 2009 )
 
Jorge Calvo PDF Imprimir E-Mail
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lunes, 12 de marzo de 2007
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Biografía

Nace en Santiago de Chile en 1952, cuentista y novelista. Ha publicado los libros de cuentos No queda tiempo, El emisario secreto, Fin de la inocencia y la novela La partida. Dos de sus libros han sido traducidos al idioma sueco. Desde muy joven destaca como cuentista, en 1967 mientras cursa humanidades en el Liceo de Aplicación obtiene el primer premio en el concurso de cuentos convocado por el Colegio La Maisonette
, con el auspicio del Ministerio de Educación, para estudiantes de la provincia de Santiago.

Luego recibiría diversos galardones literarios tanto en Chile como en Suecia, país en el que residió quince años. A inicios de los ochenta se desempeña como editor de narrativa de la revista literaria Huelen y posteriormente colabora con la revista de literatura sueca Res-publica. Cuentos suyos han sido incorporados a diversas antologías y textos de carácter colectivo y también se han publicado en numerosas revistas.  Su cuento No queda tiempo forma parte del curso Spanish American Short Story del programa de Literatura de la Universidad estatal de West Georgia en USA.

Entre sus premios destacan en 1994 la beca  Klas de Vylder  al mejor escritor extranjero residente en Suecia. En el 2000 recibe la Beca del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y, el volumen de cuentos Fin de la inocencia obtiene el Premio Municipal de Santiago de Chile 2004.


Libros Publicados por Jorge Calvo


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NO QUEDA TIEMPO

Ediciones de Obsidiana, Santiago 1985
(Volúmen de Cuentos)
Edición Agotada



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LA PARTIDA

Mosquito Editores, Santiago 1991
(Novela)
Edición Agotada

 

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EL EMISARIO SECRETO

Ediciones Foro Nórdico de Aura Latina, Santiago 2004
(Volúmen de Cuentos)
Edición Disponible

 

 

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FIN DE LA INOCENCIA

Ediciones Foro Nórdico de Aura Latina, Santiago 2003
(Volúmen de Cuentos - Premio Municipal de Santiago 2004)
Edición Disponible

 

Publicaciones en Sueco

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Odlornas mosse, noveller, Brutus Ostling Bokforlag Symposion, Sverige 1991

 

 

Matchen, roman, Brutus Ostling Bokforlag Symposion, Sverige 1993

 

 

 

CUENTOS DE JORGE CALVO

 

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La Celada Decisiva 

“Capablanca podía descansar en un récord que nadie había conseguido nunca ni nadie igualará después. En diez años había jugado noventa y nueve torneos y ¡perdido sólo un juego!”
 

Emanuel Lasker

 
Igel Niedford conquistó una inesperada y fugaz celebridad pública hacia fines de la década del veinte, por eso no debe extrañar que su nombre aparezca siempre ligado a aquella desprejuiciada y ambiciosa época, bautizada por la prensa como Años Locos. Corrían tiempos de jubilosa bonanza, el Financial Times aumentaba de edición cada semana trayendo en portada imágenes de la última novedad tecnológica, el primer vehículo que se movía solo: el automóvil. Y titulaba: 100 caballos tiran de un Ford. Las radioemisoras proclamaban -al ritmo del jazz- el fin de la oscuridad. Y mucha gente vivía convencida que la riqueza aguardaba a la vuelta de la esquina, era como el maná, un polvo mágico que caía de las estrellas. Hasta que llegó aquel fatídico viernes y el carnaval terminó abruptamente a los compases acongojados del charleston de la quiebra. Y todos vieron al fantasma de la incertidumbre alzarse en el horizonte. Poco después, el automóvil perdió su cacareada condición de joya exclusiva, cuando las fábricas de Detroit echaron a funcionar las cadenas de montaje y los pusieron en la calle como simples artefactos de uso cotidiano.
El sueño de hacer fortuna fácil había concluido, y en diversos lugares las personas se despertaban con un nudo en las tripas, preguntándose cómo harían para sobrellevar la crisis que asolaba los más apartados rincones. Millonarios arruinados tiñen de sangre el sucio pavimento de Wall Street, informaban los noticiarios. Era la ocasión que esperaba Jack Fishman, un mediocre y ambicioso reportero gráfico al servicio de una prestigiosa cadena periodística, para poner en marcha un plan simple que, de un día a otro, consiguió animar y distraer al gran conglomerado cabizbajo. Investido de cierta audacia y de mucha impertinencia, sigilosamente, se infiltró, a la habitación del hotel donde se hospedaba el tímido y hasta entonces ignorado Igel Niedford, y sin pedir permiso capturó -a mansalva- su esquelética imagen de lince en ayuno en una fotografía memorable que al domingo siguiente, fue servida en portada -a todos los hogares a la hora del desayuno- bajo un ambicioso titular: Nuevo portento surge en los remotos dominios del Juego-Ciencia. No cabe duda que esta maniobra artificial y artera de la prensa posibilitó que el nombre del genio penetrara con la fuerza de un ciclón en el tablero del interés ciudadano. Hoy debemos reconocer que fue desmedida. Jack Fishman postulaba la teoría de la aspirina; en tiempos hostiles los lectores agradecen aquellos temas insólitos que alivian aunque sea un instante el dolor y además evitan que se propague el descontento y la temida anarquía. Contribuye a la fama de Niedford -no tanto la crisis- como su pasmoso récord: No había perdido jamás una partida en toda su miserable existencia.
Y había jugado muchas, acaso demasiadas. Con temible facilidad conseguía reducir a un estado calamitoso a grandes figuras del tablero, así como también a diversas personalidades destacadas en otras áreas de la actividad social: luminarias de la farándula, representantes de la nobleza y hasta eficientes y encumbrados burócratas que si bien poseían conocimientos rudimentarios sobre el desplazamiento de los alfiles, disponían en cambio de un poder inaudito en otros ámbitos, puesto que cualquier decisión que adoptaran, por mínima que fuera, bastaba para dejar boquiabiertos por lo menos a la mitad de los habitantes del planeta. Aquel domingo los diarios traían en primera plana una noticia difícil de aceptar: “Encerrado en una cabina de acero, atado de pies y manos, y haciendo salir su voz de pájaro peregrino por una diminuta ranura, Niedford derrota, frente a la corte en pleno, al Monarca del Imperio Británico, en partida jugada a beneficio de los niños huérfanos de Walles”.
Cautivados por las implicancias de este novedoso y original acontecimiento las personas olvidaban los duros reveses de la existencia. Esto sucedía en una época en que no existía televisión -aunque parezca inadmisible- Y los espacios de esparcimiento eran dominados por la radiotelefonía y las columnas especializadas de diarios y revistas que, rápidamente, cegadas por el súbito resplandor, no trepidaron en declarar que se estaba en presencia de un genio. No tan importante como un genio del fútbol, el box o el tenis. Pero un genio. Pronto lo comparaban con el sabio alemán que por aquella época, valiéndose de los eclipses solares, convulsionaba al mundo con la primicia de que la luz viaja en línea curva y se compone de partículas invisibles al ojo humano. Incluso hubo ciertos comentaristas que llegaron al extremo de aseverar que la inteligencia del ajedrecista, no sólo se equiparaba a la del astrofísico, sino que la superaba... Niedford, de complexión exigua y algo disparatada, de golpe se vio asediado por una marea de creciente curiosidad. Un deseo -casi morboso- por conocer aspectos de su vida se había desatado. La espectación se convirtió en ansiedad la tarde en que una radioemisora interrumpió un programa de acertijos para entregar un comunicado de último minuto: Atención, Igel Niedford acaba de aceptar la invitación para disputar el Título Máximo, su talento es tan superior -agregó eufórico el locutor- que jugando con la vista vendada y una sola mano, puede vencer sin apuro al actual campeón mundial del movimiento de los trebejos.
 Niedford no ha participado jamás en un torneo profesional, informaron los titulares. Era una especie de autodidacta, una suerte atrasada de alquimista medieval que se ganaba la vida enfrentando, en plazas y mercados, a oponentes entusiastas que gustosamente pagaban unas monedas a cambio de verlo efectuar sus provocativas exhibiciones. Quedó claro que las derrotas que había propinado a grandes maestros internacionales correspondían más bien a desafíos fortuitos, en partidas jugadas por simple albur.  Pero la muchedumbre, sedienta de sabiduría, exigía más y mostraban una especial predilección por conocer detalles relacionados con aspectos cotidianos de tan estrambótico espécimen: ¿Era como las personas normales? ¿Buscaba la felicidad? ¿Soñaba? ¿Le gustaba el yogurt?. Lo solicitaban para consultarlo sobre diversos temas; ¿Qué opinaba de la crisis?, ¿Seríamos invadidos por la peste amarilla como afirmaban las Sagradas Escrituras? ¿Estaba la humanidad al borde del Juicio Final?. Muchos sentían la imperiosa necesidad de conocer su opinión: los individuos hacinados en las inmensas urbes disponen de un nutrido repertorio de inquietudes para plantear a un ser que -por destacar en una disciplina enigmática, basada en el análisis de lo invisible- de la noche a la mañana es reverenciado como gurú, gran padre, y hasta profeta de lo desconocido y porvenir. Los periodistas que salieron en su búsqueda no lo pudieron encontrar. La cacería acababa diluyéndose en un pantano de impedimentos absurdos.
Por primera vez los encargados de archivos no sabían donde escarbar. Por un lado se desconocía su paradero y por otro, casi no existía ni una sola fotografía que permitiera conocer su aspecto físico y las descripciones conseguidas resultaban vagas e inverosímiles.
En los centros de prensa los teléfonos no paraban de sonar, llovían referencias ambiguas y contradictorias y cada nuevo esfuerzo por dar con su esmirriada persona terminaba peor que los anteriores. “Se fue a pescar tiburones blancos a las costas de Madagascar” declaró el administrador de un hotel en Marsella. Un médium -en estado de trance- lo vislumbró rumbo a Shangrila por la antigua Ruta de la seda. Corrió el rumor de que se había encerrado a comer ostras de vivero en los aposentos de una actriz australiana destinada a cubrirse de fama por su rol protagónico en Lo que el viento se llevó. Pero quienes mejor lo conocían afirmaron que se le podría encontrar vagando junto a una tribu de clochards bajo los puentes del Sena o comiendo aceitunas y paladeando coñac en los boliches árabes de la Rive Gauche. Y, como es de suponer, no faltaron los envidiosos y deslenguados que en los bares, con voz pastosa, comentaban que Niedford era un gitano infame, una criatura habitada por dudosas utopías, un monje demente y, para peor, fugado de las frías tierras del norte. “Es el último descendiente de una modesta y respetable familia de brujos y por sus venas en lugar de sangre normal corre licor de jengibre” sentenció sin arrugarse un prestigioso vagabundo de la Rue Sebastopol... Ahora se sabe que un reportero del Times lo sorprendió por azar una tarde en que acompañado de una célebre bailarina de tangos se embarcaba de incógnito al África para dedicarse unos meses a la cacería de felinos salvajes.
A regañadientes Niedford aceptó responder las preguntas que le formularon y las respuestas que dio son tan descaradamente insulsas que, a partir de ese momento, se impuso la idea de que el genio del tablero era en esencia un cretino y no se diferenciaba para nada de un ganso envejecido. Consultado sobre sus pasatiempos favoritos, el Maestro respondió: “Comer caramelos, jugar a la achita y cuarta con los chicos del barrio y treparme a la sucia azotea del destartalado edificio donde vivo para tenderme, de ombligo al sol, a contemplar el desfile de nubes en el cielo..” Era un extenso reportaje a tres columnas, que se iniciaba en portada y continuaba en páginas centrales y que el voraz público leyó incrédulo, terminando de defraudarse y el amargo aroma de la desilusión flotó en el ambiente.Notable, recuerdo que pensé. ¿Era pérfido o solamente necio? Y no pude evitar preguntarme si una mente tan brillante se ocuparía de minucias en apariencia baladíes o simplemente estaba mofándose del respetable público. Dispuesto a resolver el enigma decidí conocer un poco más sobre las circunstancias que rodeaban al único candidato a coronarse campeón indiscutido del juego-ciencia. Probablemente en la infancia de este diestro jugador existía algo que explicaría su conducta incongruente.
El gran público exige respuestas claras y precisas, sobretodo necesita entender, ya que en caso contrario el sistema pierde credibilidad, y se corre el riesgo de que, el orden dentro del cual creemos existir ceda terreno, y la casualidad o el azar tome el control, y ahí te quiero ver. Recuas de periodistas, picaneados por jefes de redacción, se lanzaron como hienas hambrientas a escudriñar el pasado de la Bestia Fría, como dieron en llamarlo las revistas de aquel tiempo. Pero luego de hurgar minuciosamente, y de una serie de pesquisas que rayaban en la indecencia, apenas consiguieron sacar en limpio una nueva y aún más descorazonadora interrogante: ¿Cómo era posible que no existiera ni un solo antecedente que se pudiera considerar genuino, en el pasado del hombre que heredaría un trono mundial? Se divulgaron un puñado de fotografías insulsas donde se le podía ver comiendo una naranja, pedaleando en triciclo y escrutando con un telescopio el horizonte infinito. Durante varias semanas fue motivo de risa, de comentarios sarcásticos y por último, esa horda amorfa que constituye la opinión pública no tuvo alternativa y debió someterse refunfuñando al crudo veredicto y aceptar que los genios también pueden ser idiotas, lo que no tiene nada grave, porque a la hora de la verdad, si es que tal hora existe, carece de toda importancia. No había ningún punto de contacto entre las motivaciones de Niedford y los asuntos que preocupaban a las grandes multitudes. La conclusión era inapelable.
La cordura terminó por imponerse y los periódicos volvieron a ocuparse de los conflictos reales que padecían infinidad de personas corrientes; primero de las consecuencias de la crisis, luego de unas niñitas que habían conversado con la Virgen y finalmente de un señor que milagrosamente había logrado sobrevivir un mes en el vientre de un ballena. Al poco tiempo la imagen impresa de Niedford se usaba para envolver pescado fresco.En aquellos días me desempeñaba como corresponsal de Chess Review y me encontraba en La Ciudad Luz estudiando las partidas del enigmático Morphy, bebiendo copas de whisky y contemplando las esbeltas piernas de las parisinas. Al enterarme del revuelo que había causado y ya estaba dejando de causar la Bestia Fría me apresuré a iniciar averiguaciones por mi propia cuenta. Empecé por visitar, en su retiro, a un antiguo y desprestigiado Maestro Internacional que me aconsejó trasladarme a un pequeño pueblito del noreste alemán, donde a cambio de unos billetes averigüé que Niedford, el hombre destinado a jugar la partida más breve de la historia del ajedrez, había sido concebido a mansalva, una noche de luna menguante, en un pantanoso potrero de la región del Danzing, que entonces se encontraba en litigio con Polonia, lo que siempre ha provocado dificultades para establecer su verdadera nacionalidad. Era hijo único y bastardo, nacido de la unión fortuita entre un asaltante de caminos -de ojos bizcos y algo badulaque- condenado a morir en la horca y una oscura campesina judía, regordeta e inocente, que se desvivía por la sopa de cebollas y la contemplación de cometas fugitivos. Aquella noche se encontraba en el potrero absorta precisamente en vigilar el cosmos infinito cuando el asaltante de caminos le cayó encima como un pulpo hambriento.
Descubrí que Niedford asomó su cabeza a esta realidad la madrugada de un día de tormenta y apenas lanzó el primer berrido cayó un rayo que casi reduce a cenizas la casa de la partera. “Las coincidencias no existen y Niedford en verdad era un cometa errante que en aquel momento sobrevolaba los cielos de Europa” afirmaría más tarde una bruja de buena reputación. No hacía mucho que las disciplinadas tropas del imperio austrohúngaro habían asolado el territorio causando destrozos por doquier.
La madre del futuro genio murió, en medio de horribles retorcijones y votando una espuma verde por la boca, a escasos segundos de haber puesto al futuro héroe, sano y salvo, sobre el tablero de la vida. A partir de entonces las huellas de Niedford desaparecen en el fango lujurioso de los tiempos para emerger, sin razón alguna, trece años más tarde en el mercado de Hamburgo, plaza inquietante, donde concedió aquella inolvidable simultánea a ciegas contra los quince matarifes más temidos del barrio y los derrotó a todos al mismo tiempo en la jugada número nueve. Indagando aquí y allá descubrí que el ajedrecista, durante los años de infancia permaneció oculto en un monasterio de monjes protestantes, lo que resulta evidente puesto que es el único lugar sobre la tierra, donde pudo aprender la increíble cantidad de mañas que componen su disparatada personalidad. En aquella atmósfera bíblica, de silencio angélico, recogimiento y culpa sin fin, aprendió los conceptos misteriosos del juego del ajedrez, conservados a través de siglos, como fetiche demoníaco en los libros secretos de Herman el abstruso, un monje loco al que los espías de la Santa Inquisición atraparon in fraganti cuando estudiaba los finales científicos de torre y peón en su celda del monasterio donde observaba un riguroso retiro. Sin perder un instante fue conducido ante el tribunal sagrado. Acusado de prácticas satánicas se le sometió a refinadas torturas que lo obligaron a confesar.
Encontrado culpable murió en la hoguera. Por aquel tiempo los teólogos de la Iglesia ya sabían que ningún juego es inocente. El monje Herman era loco, pero no imbécil y todas sus investigaciones ajedrecísticas y sus análisis exhaustivos los anotaba, con caligrafía pareja y menuda, en papiros que ocultaba tras una piedra suelta en uno de los muros de su celda y que tres siglos más tarde, dos legos aburridos, descubrieron por casualidad.En el monasterio se estudiaba la culpa original y se practicaban las doctrinas de la Reforma, pero el Prior, astutamente, y pretextando rendirle un homenaje póstumo a Herman el abstruso, decidió incorporar la observancia del ajedrez a las disciplinas del lugar. También ayudaría a sobrellevar el tedio, pero en realidad lo hacía para combatir el culto cada vez más extendido a Onán. Niedford no desperdició un solo segundo, pronto supo sacar ventajas sutiles en la apertura y disponer estratégicamente los caballos, mientras inspirado por los kyrieleison y los ora pronobis se iniciaba en el senda de los placeres solitarios.
Pero luego descubrió que los alfiles eran para clavar, oportunamente, según las risueñas enseñanzas que le prodigaban las mozas de una aldea cercana. Adquirió pericia en infiltrar un peón aislado y hacerlo coronar, calculando los tiempos para alcanzar a satisfacer a cierta beatita que se desvivía por ver la cara de Dios. O golpear sin piedad durante el medio juego por arriba y dominar las diagonales de fianchetto del enroque por abajo. Sacrificar sin asco las torres y/o entregar la dama cuando es necesario, para doblarse en una columna abierta e irrumpir victorioso en séptima, derrotando con un mate fulminante al soberano enemigo. Se le considera inmenso conocedor de las estrategias y escaramuzas del juego. Pero predomina -por encima de la destreza táctica- su innata maña para concluir cada partida con un mate inesperado e imparable, que en ocasiones ha provocado fulminantes paros cardíacos, enviando a más de un contendor al campo santo. Niedford tenía doce años y se encontraba profundizando el dominio de los sistemas indios, la tarde en que los frates lo sorprendieron en el confesionario desvistiendo a una santa de yeso.
El sacrilegio provocó enorme escándalo y revuelo entre los jóvenes seminaristas, y como es de suponer, el futuro campeón fue dura y ejemplarmente castigado. Niedford se fugó del monasterio. Desde Hamburgo seguí su pista errante por un intrincado laberinto de ciudades y pude constatar que durante un tiempo vivió de saltimbanqui, jugando simultáneas con la vista vendada, resolviendo todo tipo de problemas sin mirar la posición y aceptando desafíos cruzados, ayudándose apenas en el método gitano de la concentración y la videncia. Brindaba espectáculos inolvidables en los mercados. Así se ganaba el pan, haciendo gala de una humildad que jamás imaginarían los monjes que lo castigaron. Aquí y por razones que se ignoran, durante un tiempo se confunde su rastro. Según parece durante los años de la primera guerra mundial se refugió en Paris, donde jugaba al ajedrez en los jardines de Luxemburgo mientras escuchaba los cañonazos aterradores de la temible Berta. Averigüé que para capear el hambre convivió con una camarera del hotel Gay y Lussac y la embarazó de mellizos. También se comenta que en este período se hizo habitué del ludo y frecuentó prostíbulos. Sus enemigos afirman que solía visitar La Cave, un tugurio sospecho so, metido en un subterráneo del Bulevar Saint Michell, donde en concomitancia con una muchacha de origen maorí, habría desplumado ilusos en partidas relámpago. Los rumores sostienen que hizo el papel de verdugo en un circo, mientras sostenía intensas relaciones con una famosa sacerdotisa reencarnada, que habría oficiado de cafiche en Buenos Aires, que se retiró al desierto y luego pasó por Rusia donde le enseñó a mover las piezas a la húmeda y lujuriosa Katarina.
Debo precisar que nunca se ha podido corroborar la veracidad de estas afirmaciones. En cambio establecí con certeza que derrotó a los mejores ajedrecistas de su tiempo. De uno por uno. Y en grupos. Pero, obstinadamente, se negó a competir por el título mundial. Al inescrutable Kreutzahler, lo hizo polvo en doce movidas, en San Petersburgo, mientras fumaba haschich y oía el colérico griterío de las multitudes que aquella noche se tomaban por primera vez el palacio de invierno. Con el respetado dandy Santasiere trapeó el suelo en pocas, en un burdel de mala muerte en las afueras de Sarajevo, mientras una gorda enfurecida perseguía al príncipe Gustavo el Idiota para ir a tirarse juntos a las aguas cada vez más turbias de un Danubio contaminado por la peste. Montado sobre un corcel blanco derrotó a O’Kelly el Astuto, en un encuentro jugado a través del canal de la Mancha, y memorable, ya que las movidas se transmitían por señales luminosas y se temía que la densa neblina irrumpiera en cualquier momento, lo que obligó a la Bestia Fría a finalizar la partida en once jugadas anunciando un mate imparable en nueve.
Según parece jugó contra la princesa Margarita, y además le bajó las bragas y la condujo a un final inesperado, en uno de los saloncitos del castillo, hasta donde ella lo hizo pasar para que la iluminara con sus dotes de maestro. Esa fue la primera vez que la Federación Internacional de Ajedrez recién constituida le envió un telegrama: Mr. Niedford, stop. Complacería a la comunidad ajedrecística contar con su presencia en el próximo torneo mundial, stop. Rogamos confirmar asistencia, stop. La Bestia Fría declinó la invitación. Entre tanto siguió con una serie de éxitos. A Soultanbeieff le dio mate en cinco, en Esch sur Alzatte, en un gambito misterioso que nunca más se ha vuelto a repetir. Derrotó para siempre a Marshall por correspondencia en una Indobenoni fulminante. A Rovner lo volvió loco al pronosticarle en la movida número tres un mate imparable concebido de manera tan astuta, que nadie ni nada podían detener. A Alekhine lo venció por telégrafo mientras viajaba a bordo del trasatlántico Liberte con destino a Philadelfia donde, solo puso pie en tierra para ganarle en pocas a Bryant el Polaco que había ido a recibirlo al frente de un desfile cuidadosamente preparado con músicos negros y vedettes en short. José Raúl Capablanca fue el que más movidas resistió. Jugaron en el tren nocturno a Chicago, escuchando por un aparato de radio la voz alterada de un locutor que iba entregando paso a paso los detalles inquietantes de una invasión de marcianos.
Capablanca parsimonioso destapa cada cinco minutos su termo y se sirve ron puro en un tacita de café, mientras incrédulo observa a Niedford enchufarle, en apenas quince movidas -de un modo sobrenatural, con celadas casi maléficas- una partida que pasó a los anales del ajedrez como la variante del expreso nocturno.
Y es la más larga jugada por la Bestia Fría, ya que a causa de sus triunfos fulminantes también se le conoce como el Gran Miniaturista. Fue luego de este éxito y por causas nebulosas que Niedford aceptó participar en el torneo por el título del mundo y es también la época en que su nombre irrumpió como una catarata en los medios de comunicación y concedió la única entrevista que lo cubrió de fama y oprobio. La Federación le impuso el requisito burocrático de participar en un par de torneos clasificatorios, -el primero en Berlín y el segundo en La Habana- que por supuesto se adjudicó imponiendo una depurada técnica basada en el dominio del detalle. Cuando al fin llegó el momento de disputar el título máximo la Bestia Fría reunía méritos suficientes y tanto los entendidos como los aficionados apostaban que obtendría una victoria indiscutible.Lo llamaron el Campeón del próximo torneo.Faltaba fijar la fecha, el lugar ya estaba señalado, se llevaría a cabo en una remota ciudad sobre la que había estado nevando sin parar desde el día que los hombres aprendieron a contar. Pero entonces estalló la segunda guerra mundial y una vez más la culta Europa devino teatro del infierno donde se enseñorearon sin remilgos la estulticia y el horror.Tres años más tarde los infatigables funcionarios de la GESTAPO, en el transcurso de labores rutinarias, desempolvando registros de nacimiento, un día dieron con la ficha que puso en evidencia su origen judío. Se emitió una orden de arresto y salieron en su busca para internarlo en el campo de Buchenwal. Niedford se encontraba jugando una Stonewall en un café del barrio latino. Los testigos afirman que antes de que lo sacaran arrastrando solicitó humildemente se le concedieran un breve segundo para vaticinar el mate imparable que su mente incesante había concebido. Los disciplinados agentes, fieles a sus órdenes, le negaron aquel mísero segundo y, a empujones y bofetadas, lo tironeaban por entremedio de las mesas. Estaban por alcanzar la puerta, cuando el Maestro alcanzó a gritar, ¡mate en tres! Era efectivo, según lo comprobaron minutos más tarde los asistentes a la partida.
Aquí se pierde el rastro de Niedford. Algunos sobrevivientes del holocausto cuentan que lo vieron en el campo de exterminio jugando partidas de memoria contra los grandes maestros internacionales de Alemania. Se cree que disfrazado de monje habría conseguido huir, para refugiarse en el ghetto de Varsovia donde se vio forzado a ingerir carne de rata y murió combatiendo. Pero también hay quienes aseguran que, cierta noche de invierno, una pulmonía fulminante le tendió la celada decisiva en la partida que desde el nacimiento venía jugando contra la muerte. En todo caso aquella fue una época convulsionada que puso en jaque a toda la civilización y no resulta extraño que nadie hoy conozca su verdadero final. Las partidas que jugó son tan brillantes e inverosímiles que, según los expertos, probablemente, fueron inventadas por un grupo de graciosos. Y dudan de su existencia, al punto que todavía nadie osa siquiera citar su nombre en los textos de Ajedrez. La única partida que sobrevive, porque el conductor tuvo la amabilidad de anotarla, fue aquella donde se impuso sobre Capablanca en el nocturno de Chicago.Una bruja famosa que lo conoció muy de cerca me reveló que Niedford no ha muerto, aun vive. En voz baja y deformada por la emoción me confidenció que muchos ajedrecistas se han estremecido al oír su risa jovial cada vez que alguien finaliza una partida de ajedrez con un luminoso e inesperado jaque mate. 
  
* Cuento que pertenece al último libro de cuentos de Jorge Calvo llamado "El Emisario Secreto" 

 

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Te Acordás Hermano

Que tiempos aquellos... Es verdad que envejezco pero las melodías me conducen de regreso a la fiesta. Y no es que me deje llevar por la nostalgia, pero dime; ¿cuándo vamos a tener de nuevo un club como aquél?. El equipo de los años de gloria, cuando el Chino era capaz de pasar goles hasta en la portería del mismísimo cielo, y el barrio completo se reunía a vernos jugar. No había tarde de Domingo en que la cancha no se llenara hasta los retopetes. Y nosotros partíamos tempranito con la vieja, sí la misma Margarita, la mía. Cierto que era otra época, estábamos más jóvenes y a ella le gustaba ponerse un vestido floreado que le hacía juego con la sonrisa. En la bolsa metíamos un pollo asado, ensalada de papas y tomates, una botella de vino y nos acomodábamos detracito del arco para verlo volar al Pantruca que se lanzaba, de palo a palo, así nada más, y una vez lo capturaron en esa fotografía para la revista Estadio donde aparecía en una zambullida formidable.  
Todo era distinto, todavía me acuerdo como si fuera hoy de aquella asamblea donde el Presidente recién electo, juró sacarnos campeones contra viento y marea, aunque en ello le fuera la vida. En el local de la sede repleto de afiliados no volaba una mosca, hacía un calor que mejor no te digo, pero embargados por la emoción ni lo sentíamos. Se trataba de una ceremonia que habría de recordarse para siempre, cuando el Presidente del club, el rostro serio, los ojos brillantes tras los lentes de grueso marco, con el metal tranquilo de su voz nos pintaba el futuro y nos iba contagiando el optimismo. Todavía ahora me parece escuchar nítidas sus palabras. Nada mas con oírlo hablar uno podía imaginarse que estábamos recibiendo la copa y después dábamos la vuelta olímpica al estadio y los periodistas deportivos y la gente nos seguía. Sí. Era algo indescriptible, sentir a la multitud aplaudiendo y aclamando desde la galería. Y todo eso nada más con oír la voz de nuestro querido Presidente, que después lo dejaron, pa’ qué te cuento, si tu ya sabís cómo lo dejaron, mejor ni hablar.  
Ese ha sido el único Presidente en toda la historia que logró conducir a nuestro club a la primera división.  
Y ahora la Margarita me hace señas con la mano y me dice, cállate viejo, cá-llate mejor, no vís que el mundo esta cambiando. En las mañanas salimos a comprar verduras al Salu Hallen, así le llaman por estos rumbos al mercado municipal que es bien limpio y bonito, pero nunca es igual, no se encuentran erizos, ni piures, ni congrios y pa’ qué vamos a hablar de porotos granados o maíz fresco, hay que pegarse con una piedra en el pecho. Y cada día mientras caminamos con la Margarita por la Gagatan yo voy adivinando el parpadeo de las luces, allá en el estadio la tarde en que el Chino le hizo cinco goles a la selección del Ecuador. El arquero se quería volver loco de tantas veces que lo vio al Chino entrar con la pelota hasta el fondo de las redes, y el estadio entero de pie gritando; no, no, no nos moverán. Ya ves, han pasado los años.  
¿Cuántos años han pasado? Por acá, en estas frías tierras, en las tardes de nieve, escuchando los tangos de Gardel aprovecho de acordarme de tantas cosas, no viste que yo era pendejo cuando la depresión del año treinta, pero mi padre me contaba que la gente se amanecía en interminables columnas para recibir un miserable plato de comida. Más tarde, el treinta y seis, en un accidente de aviación en Medellín murió el Zorzal Criollo. Fue el mismo año que se inició la guerra civil en España y una mañana todo estaba ardiendo. Por aquella época lo nombraron Ministro de Salud al hombre, estaba jovencito y aun faltaban tres décadas para que fuera Presidente. Al poco tiempo las tropas rusas se tomaron Berlín y fue de no creerlo. Apuesto a que no te acuerdas. Nosotros ya estábamos de novios con la Margarita, hacía dos días que nos habíamos puesto las argollas y fuimos a ver una de Glark Gable y Carol Lombard que pasaban en el Politeama, quedaba por Alameda abajo, en la calle Exposición, ahí mismo donde hoy se alza el Estadio Chile y en un noticiero vimos cómo los rusos hacían volar en pedazos la cruz gamada de la cúpula del Reichtag. Sucedieron muchísimas cosas, me acuerdo de cuando lo mataron a Kennedy, y del día en que el Hombre puso por primera vez un pie sobre la luna. Me acuerdo bien porque esa fue la noche que nació nuestra hija menor, la Julieta.
Poquito tiempo después fue que lo elegimos Presidente del club al hombrón, y allí fue cuando prometió sacarnos campeones. Y te prometo que le creí. Apuesto que vos vay a pensar que yo soy huevón, pero qué le vamos a hacer. Ya sabía, desde chico, que los caballos no comen bombones, pero te juro que esa vez yo le creí. El único Presidente que se mojó la camiseta. Era tan emocionante, asistieron todos los afiliados, en la sede social no cabía un alfiler, los cabros del club estaban con los uniformes recién lavados y planchados. Y de golpe esa sensación vital se apodero del aire. Seriamos parte de algo, y yo por primera vez sentí que tenía en mis manos las riendas de mi propio destino. Salíamos a la cancha con la posibilidad de ganar aunque estuviéramos a pata pelada. Creo que nunca estuvimos más vivos que entonces. Éramos parte de algo, de algo que nos salvava porque estaba más allá de las pequeñeces. Y todos nos esforzamos; por ejemplo me acuerdo del Fonola, decíme: ¿cuándo existió un mejor centro delantero que el Fonola? Nunca, te lo digo yo que algo sé de fútbol, fue el mejor organizador que haya existido jamás en el medio campo. ¿Viste cómo lo encontraron?, apareció amarrado con alambre, lo destazaron con un cuchillo de matarife. No había otro que repartiera los pases como el Fonola, parecía que el balón describía un dibujo, la colocaba justo en los pies. Le tenían miedo al Fonola. Quizá por eso. También, digo yo, que ya estoy viejo y me voy quedando ciego. Los muchachos de antes, eran otros hombres, no se conocía coca ni morfina. Y Queirolo, el chico de los columpios, el que vacunó a la hija del zapatero. ¿Cómo no te vay a acordar de Queirolo? uno pequeño y flaco. Sí, ese mismo, le gustaba hacer goles de palomita. Le apagaron tantos cigarrillos en el cuerpo que no quedaba piel de donde sujetarlo. Pero cómo. ¿Qué no fue Queirolo? ¿Nó? El profesor decis tu.. Pero si al profesor ya sabís lo que le hicieron. ¿O no te acordai? Sí, a veces es mejor olvidar. A estas alturas quién tiene ánimo de andar acordándose de cosas así.  
Yo le digo a la Margarita cuando salimos a caminar por la nieve y nos sujetamos mutuamente para no ir a resbalarnos y terminar quebrándonos los huesos contra el suelo, le digo, veinticinco abriles, volver a tenerlos. Y aquí me tienes, me entretengo mirando caer la nieve y viendo a los nietos apretar botones moviendo héroes virtuales en la pantalla del computador. Pero vos ya sabís, con los años la mente se deteriora y las imágenes se confunden en los patios del olvido. Yo solo me acuerdo de dos voces: la del Zorzal Criollo que lo escucho todos los días y la del Presidente que no se aparta de mi memoria. Con la Margarita salimos por las mañanas, a caminar, a dar una vuelta y compramos el periódico, el Sydsvenska Dagbladet y en este idioma que parece jerigonza de micos nos vamos enterando de todo lo que hicieron a la mamá del Chino. Y nosotros que creíamos que por tratarse de un jugador famoso que andaba convirtiendo goles en España no le podía pasar nada. Sin embargo ya ves. Pero lo que más demora y congela la sangre no es el frío o la nieve, si no el venir a saberlo aquí, a tantos kilómetros de distancia, y después de tantísimo tiempo y apenas en un puñado de letras apelotonadas en una esquina de la página, junto a Tur-retur, Lisabon, Madrid, Rom y Utbilding y Repris Rea. Entonces sucede que veinte años no es nada, y febril la mirada, errante en las sombras... Vivir, morir, dormir acaso... Soñar con la luna, que acá semeja un espejo colgado de la noche. Y la Margarita, mi fiel Margarita que solamente una vez me dijo, vos sabís viejo, yo soy aguantadora, yo puedo soportar muchísimo, pero esto, lo que le hicieron a nuestro Presidente no tiene perdón de Dios. A veces, de noche, me asomo a la ventana y me parece oír el bullicio, el griterío de la multitud en el estadio. Pero solo es el viento soplando entre los árboles o en los desfiladeros de la memoria. Con la Margarita vamos a aprovechar que estamos aquí para hacer un largo viaje por Alemania. Salúdame a Ramírez, él es uno de los pocos de aquel tiempo que de una u otra manera ha logrado sobrevivir. Si ves a la rubia Mireya, abrázala de mi parte también, mira que se formaban ruedas para verla bailar, en las viejas calles donde el eco dijo: hermano córtala de una vez. Y olvida. No vale la pena. Mira que no creo que nos quede tiempo para ver de nuevo otro Presidente como aquel.  

 

Modificado el ( viernes, 31 de agosto de 2007 )
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